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Carlos Payares González

Las moscas del banano

 

El próximo mes de diciembre se cumplirán 80 años de la huelga y masacre de las bananeras. Será un buen momento para observar hasta donde la memoria colectiva e histórica se han apropiado del trasfondo de los hechos. Porque pareciera que la inapetencia es cada vez más frecuente. Esto me recuerda la obra de Viktor Frankl llamada Psicoanálisis y Existencialismo en la que pone en evidencia la existencia de una cierta neurosis colectiva que afecta para olvidar a la mayor parte de la humanidad. Esta patología social se caracteriza por un escaso sentimiento de identidad que cada vez más se apodera de la gente contemporánea. Es lo que el autor denomina como un vacío existencial para no asumir la historia con reflexión, libertad, responsabilidad y trascendencia. Es cuando hemos caído en una domesticación de la memoria y del pensamiento. Una manera de autismo o disciplinamiento coercitivo como lo supuso Schopenhauer en su momento. Como si en el Macondo bananero no hubiese pasado nada… ni está pasando… ni pasará nunca nada.

De no ser por las caricaturas de Rendón, los cuadros de Débora Arango con vagones de trenes repletos de cadáveres, las denuncias de Gaitán en la Cámara de Representantes, las novelas de Álvaro Cepeda Samudio (La Casa Grande) y de Gabriel García Márquez (Cien Años de Soledad), la azabache y desafiante escultura de don Rodrigo Arenas Betancourt empotrada en la Plaza de la Estación de Ciénaga, los abundantes recuerdos plasmados tanto en páginas de diarios, como de libros y en algunas mentes de los que participaron o vivieron los días azarosos de la huelga y, finalmente, las escasamente notorias conmemoraciones de cada aniversario, todo se hubiese hundido en un manto de olvido como lo desearon los mentores de la masacre con sus corifeos de la publicidad oficial, gratificados por la gran empresa norteamericana. Es decir: masacrar también la crónica de la masacre. Sin embargo, en la Ciénaga de la Plaza del Ferrocarril pareciera que los recuerdos se negaran a subsistir… por eso es obligante fijarlos de una manera pura y simple. Tal cual como fueron. Como lo recomienda M. Halbwachs en su obra intitulada Memoria Colectiva y Memoria Histórica (1968): Cuando la memoria de una serie de hechos ya no tiene como soporte un grupo (ese mismo grupo que estuvo implicado o que sufrió las consecuencias, que asistió o recibió un relato vivo de los primeros actores y espectadores), cuando se dispersa en algunos espíritus individuales, perdidos en sociedades nuevas a las que esos hechos ya no interesan, porque les son decididamente exteriores, entonces el único medio de salvar tales recuerdos es fijarlos por escrito en una narración ordenada y que, si las palabras y los pensamientos mueren, los escritos permanecen.

La memoria colectiva logra extenderse en el tiempo hasta donde ella quiere, es decir, hasta donde alcanza el deseo. La desmemoria o el silencio o la trasgresión deliberada (los acostumbrados “tachones en la historia”) han venido desgastando lo ocurrido en las tierras bananeras del Magdalena. Como si fuesen los hechos históricos víctimas de la misma salmuera incrustada en las paredes de las casas grandes cienagueras para carcomérselas desde adentro y desde afuera y desde siempre. En una ciudad que ha sido víctima de la desmembrante mentira velis nolis. Es entonces cuando la memoria histórica (lo escrito, lo estudiado del documento reseñado e interpretado) juega un gran papel: el de recordarnos los hechos del pasado de la mano generosa y prodigiosa de Polimnia. Para que haya un tiempo presente de las cosas pasadas, de las cosas presentes y de las cosas futuras.

Es bien cierto que ninguna de nuestras acciones puede cambiar el pasado, pero todas pueden tenerlo en cuenta. Para poder ser capaces de recordar a los huelguistas con sus causas, a los fusilados con sus huelgas… de vida y muerte. Para poder redimir la dignidad de un pueblo… y, la de todos los pueblos. Para que cualquier memoria de los hombres vencedores, elaborada desde el poder siempre apoltronado, quede delatada a la luz pública como alucinante mentira, como costra saponificante de la vida real. Bastaría entonces con decir que las imágenes de lo pasado estarán en nuestro espíritu como páginas que pueden abrirse cuando el deseo lo quiera, aún cuando existan obstáculos que no dejen abrirlas.

La farándula nacional

 

Colombia es un país de entusiastas faranduleros y de obcecados creyentes. Por eso aquí es fácil eso de ser politólogo. Otros más sofisticados lo llaman “analista político”. Algo así como un nigromante o “adivinador” de lo que puede pasar, pero que en realidad casi nunca pasa. No se necesita entonces estudiar Economía o Historia o cualquier otra ciencia social para saber olfatear las emociones de los protagonistas de la vida nacional. Porque Colombia es un país auténticamente emocional y profundamente religioso.

Desde todo punto de vista es plausible la liberación de unos secuestrados por medio de la llamada “operación jaque”. Quitar de las garras de las FARC a cualquier secuestrado es y será una obra admirable. Sin embargo, no tanto como comprender que nadie tiene derecho a arrebatarle la libertad a otro ser humano bajo los términos de cualquier clase de capricho o de interés. Desdice de cualquier nación el horrible hecho de que existan secuestradores o criminales martirizando al prójimo en nombre de cualquier causa. Por muy justa que se diga. Menos en el caso de las FARC que han terminado convertidas en las últimas décadas en un aparato patibulario carente de propuesta político-ideológica, y lo más grave, sin pueblo que lo respalde.

En vez de entender cada vez más los colombianos las razones que nos embargan de problemas y necesidades preferimos sacarle el mayor provecho personal a los hechos. Entre más resonantes mucho más importantes. Como lo sugiere la lógica mediática. En vez de entender cada vez más la naturaleza de país y de Estado que queremos, lo que exploramos es cómo sería el voto de opinión para las cercanas elecciones. Antes de y después de… Es muy poco lo que queremos saber de la democracia y de las libertades. Necesitamos un mandatario que nos proteja… que nos ofrezca circo y pan hasta donde las emociones aguanten. Así como ocurre con los entrenadores y los fanáticos del fútbol. Sólo nos halagan los resultados que son engrandecidos por pingues que en la realidad sean… ¿Qué de la pobreza? ¿Qué del desempleo? ¿Qué de la salud?... Tantos ‘qué’ que parecen no interesar a nadie.

¿Qué mas podemos esperar si buena parte de la gente cree en el destino preconcebido por una fuerza divina? Hasta el mismo señor Presidente le ofrece las gracias debidas a un ser superior rezando entre dientes un Ave María. Muchos, en veces, miramos de reojo a los musulmanes cuando suspenden su trajín cotidiano para alabar arrodillados en pleno sol del día a su Alá. Sin embargo, lo que hemos visto durante estos días tiene mucho parecido. ¡Bendito sea mi Dios! En este caso habrá que hablar entonces con el Señor para que acepte la reelección indefinida, el Señor de señores, el que está en la historia omnipresente de muchos modos, aquel al que le debemos el éxito limpio de la “operación jaque”, el de los “milagritos”… A pesar de demorarse en este caso alrededor de diez años para atender los ruegos de sus devotos… el que no quiere ni se somete a ningún otro poder… así esté plasmado en cualquier Constitución, como por ejemplo, el poder de la Corte Suprema de Justicia. Debemos darle mucha más muestra de nuestra fe al Señor Todopoderoso para que logre que se arrepientan los de las FARC y entreguen rapidito al resto de los secuestrados, y de paso, entreguen también los fúsiles, las pistolas, los niños arrastrados a la guerra, las plantaciones que sabemos y las caletas tupidas de “full money” que seguramente aún quedan por ahí. O en su defecto, que les mande una dormidera miasmática para que sean presa fácil de los organismos del Estado colombiano. Quiero dejar clara constancia de que al Señor que me refiero no es el señor Presidente de la República de Colombia. Al doctor Uribe Vélez únicamente debemos creerle cuando dijo en rueda de prensa que “la operación fue un milagro de Dios, realizado por medio del Ejército”. El soberano no tiene la culpa de que un entusiasmado alto militar hubiese expresado que “este operativo contó con la bendición de Dios, pero no sólo de Dios, sino también del Presidente Uribe”. En presencia de Dios no parece sobrar un semidios. En este caso, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Sin embargo, espero que no todos estemos obligados a creerla.

El círculo del mesianismo

Con bombos y platillos acaba de aprobarse el Plan de Desarrollo del Municipio de Ciénaga, un procedimiento ritual que cada cuatro años realiza el “honorable” Concejo Municipal, pero que en las más de las veces termina siendo pura letra muerta, porque los “ilustres” gobernantes de turno actúan más de una manera “coyunturalista” que de cualquier forma de planificación estratégica. De esta manera, la pletórica “carta de navegación” resulta siendo una carta de anaquel o una “carta de naufragio”. Mientras tanto, el municipio de la sal de espuma continúa bajo una estadística aterradora en lo que tiene que ver con su desarrollo y progreso social, lo que me hace pensar que más que un Plan, lo que Ciénaga necesita es de buenos gobernantes. Y eso no lo ofrece o “aprueba” el “honorable” Concejo Municipal, ni podemos comprarlo en boticas.

Lo que deseamos es que el municipio esté en manos de hombres y mujeres con transparencia, capacidad y un alto sentido de servicio por los más necesitados. Tarea que no es nada fácil, dado que algunos de los que aspiran a gobernar por medio de las elecciones nos “venden” una imagen de ser gente común y corriente, muy buenos amigos, muy serios, muy humanos y hasta muy simpáticos. Después, con el correr del tiempo, nos vamos dando cuenta que muchas veces no son tan honrados ni tan competentes como parecían. Es decir, en esto de la política existe gente decente pero también aprovechada.

Aunque los planes son una ayuda importante, quienes gobiernan son hombres y mujeres de carne y hueso. Y cuando estos actúan como funcionarios, deben elegir lo que van a hacer con conocimiento, imaginación y decisión en el campo de las cosas posibles. Sabemos que cuando el funcionario carece de una visión político-administrativa, se vicia su capacidad de actuación. No se trata de decir por decir y de hacer por hacer cosas. Cuando así se gobierna, vivimos siempre bajo la amenaza de la incertidumbre: actúan con lo poco que saben pero no saben a ciencia cierta las consecuencias de su actuación. Son entonces aquellos que prometen para no cumplir, porque en la realidad de las cosas no es posible cumplir. Son los esmerados demagogos y populistas que deambulan sobre el terreno del azar y de lo imprevisible. El gobernante responsable es aquel que responde “para qué” y “por qué” desea hacer tal o cual cosa.

¿Para dónde va el gobierno de Ciénaga? Creo que esta es una pregunta crucial para saber a qué atenernos (sobre todo los que vivimos en Ciénaga) sobre lo que puede hacer el gobierno del doctor Gastelbondo y su flamante primera dama. ¿Cuál es su voluntad de futuro? De lo que se trata es de expresar públicamente cuáles son los elementos racionales e ideológicos que le sirven de fundamento al deseo. Porque lo que oímos a cada rato son deseos y “buenas intenciones”, pero nada más. ¿Para qué y para quién se harán las cosas que se prometen? Es bien cierto que no para todo el mundo el querer “soñar” significa el poder para resolver los problemas y satisfacer las necesidades. ¿Cuántas veces el “honorable” Concejo Municipal de Ciénaga ha aprobado “lo bueno” para terminar en pos de lo peor? No hay amor sin pruebas de amor.

Podría decir también que no hay participación ciudadana en el destino de su municipio sin pruebas de participación. No es nada deseable que un Alcalde se crea que solo debe hacer las cosas que todos debemos hacer. Es entonces cuando el Alcalde suele endiosarse para justificar su admiración, veneración y obedecimiento. No hay nada más peligroso e humillante, por humano que sea, que la pretensión de admitir que a aquellos que obedecemos son más que el resto de los humanos o que encarnan algo por encima de los demás. Prefiero reconocer que el Estado y los gobiernos son para servir a la comunidad y no de manera contraria. Lo malo es que los elegidos por los ciudadanos para ayudar a resolver nuestros entuertos desde la administración pública (sus sueldos son pagados por todos nosotros), muestran una evidente tendencia a olvidar que son unos “mandados” para convertirse en especialistas en mandar, incluso, como si fuesen extranjeros en su propia tierra. Es cuando se vuelven impermeables a las críticas y al control de los ciudadanos. Hacen lo que les viene en gana. Los hechos parecen estar indicando que en la ciudad de Ciénaga cada vez más emerge esta circunstancia.

Genes y Entelequias

Cuando generalizamos alguna propiedad en cualquier colectivo incurrimos en una apreciación dogmática que por regla general no sirve para explicar ninguna circunstancia humana. Es como cuando decimos que todos los políticos son corruptos. Sin excepciones. Que todos los funcionarios públicos son incompetentes. Sin excepciones. Que un país o un Departamento o un Municipio son “tal cosa”… Como si alguien hubiese tenido la oportunidad de saludar a “alguien” llamado Don País o Don Departamento o Don Municipio. Lo que quiero decir es que no existen entes territoriales o cosas con tales características, que en verdad sólo pertenecen a los seres humanos. Habrá que decir entonces quiénes son los que son “tal cosa”, para no caer en eufemismos evasivos que nunca responsabilizan a aquellos actores comprometidos con cosas que no deseamos que ocurran en una sociedad. Me refiero a que en la realidad no existen municipios corruptos, sino personas corruptas.

 

Así también se incurre en generalizaciones tales como las de creer que las cualidades humanas, virtudes y defectos, son cualidades innatas. Entonces se encuentra uno gente repitiendo boberías como la de que “en tal pueblo la gente es inteligente”, o que “en tal otro la gente es trabajadora”. Lo anterior son artificios absolutamente rebatidos por los conocimientos actuales, dado que no hay ninguna relación directa entre los genes y el comportamiento humano. Es nota clara que el comportamiento humano obedece esencialmente a un proceso de aprendizaje cultural, tan complejo y tan circunstancial, que tiene que ver más con el ambiente de un pueblo o de una sociedad, que con la genética. ¿Cuáles son entonces los genes del trabajo, de la decencia y de la honradez? O si se quiere, ¿cuáles son los de la pereza, de la chabacanería y de la corrupción? O para que se me entienda mejor la cosa: ¿cuáles son los genes defectuosos de los marginados y explotados y cuáles son los genes virtuosos de los ricos y explotadores?

De tal manera que aquellos que aún andan diciendo que la inteligencia o la música o cualquier otra pendejada de lo humano “se llevan en la sangre”, sería bueno que vayan leyendo unas elementales nociones de genética y de cultura para que no sigan afirmando prejuicios nefastos y cosas abiertamente obsoletas para ser dichas en pleno Siglo XXI. Desgraciadamente, a ciertos sectores de la sociedad y a ciertas cadenas periodísticas les interesa difundir noticias sobre descubrimientos espectaculares como la existencia de genes del miedo, de la homosexualidad y de la marginalidad. Y es este tipo de información la que está calando en la mente de la gente para terminar disfrazando las verdaderas razones de la suerte humana. Y así, se extiende por pueblos y culturas enteras la condición de lo ‘intrínsicamente’ bueno o malo. Según esta entelequia, todo lo humano lo llevamos pegado a los genes, por lo tanto, son ellos los que tienen que responder por lo que ocurre en nuestro mundo. De esta manera, las diferencias que han sido creadas por razones históricas concretas y acentuadas por ciertos modelos económicos aberrantes, terminan siendo cínicamente ‘naturales’.

Que algunas “personas cultas” repitan estas sandeces arropadas de cientificismo, tiene como significado la grave crisis ética e intelectual por la que transcurrimos. Emerge una cierta pereza mental (¿genética?) que nos impide profundizar y comprender sobre la verdadera naturaleza humana, construida desde el surgimiento del homo habilis. Me refiero al mundo socio-cultural que nos determina. Tal vez así podríamos enfrentar de una manera mucho más coherente los graves problemas que nos atañen.

La muerte de Pedro Antonio

El señor ‘Manuel Marulanda Vélez’ (su nombre era Pedro Antonio Marín Marín) falleció el pasado 26 de marzo de muerte natural. El guerrillero más añejo de Colombia, del Mundo y del Universo, murió de achaques propios de la vejez y de la aburrición. Según el grupo guerrillero, un infarto fulminante de miocardio terminó con la vida del octogenario combatiente después de andar metido una eternidad en el monte. El hecho ha llevado a pensar a algunos advenedizos politólogos que su muerte simboliza el fracaso definitivo de la guerrilla por no haber logrado tomarse el poder en Colombia. No obstante, también es cierto que han pasado catorce presidentes que no fueron capaces de poner en buen recaudo o ‘darle de baja’ al legendario guerrillero. Lo que lleva a pensar que su muerte también simboliza la ineptitud del Estado para enfrentar a uno de los más tenebrosos males sufrido por los colombianos. El mensaje en el interior de las FARC (excepto en el caso ‘Reyes’) parece ser el de que los guerrilleros que están en la cúpula del grupo insurgente se mueren de ancianos, como ocurrió hace años con Jacobo Arenas y ahora con ‘Manuel Marulanda’.

Después que la guerrilla logró aliarse estratégicamente con el narcotráfico para financiarse con el comercio de la droga, su panorama político-militar cambió de una manera dramática. El declarado propósito de una revolución social desapareció paulatinamente de su discurso. Se dio paso a un poderoso aparato militar, cuya lógica prevalente ha sido la de la guerra y el terrorismo. Pensar que al asumir el mando de las FARC el señor ‘Alfonso Cano’ (su nombre es Guillermo León Sáenz) se ofrece una perspectiva favorable para la paz, es pensar con el corazón. Las satisfacciones parciales de la política de la seguridad democrática, por parte del Estado, no pueden convertirse de la noche a la mañana en un definitivo triunfo. La muerte de ‘Marulanda’ no es la muerte de las FARC. Ejemplos cunden en Colombia como son los del narcotráfico y del paramilitarismo: han sido declarados varias veces ‘muertos’, pero todos sabemos que aún viven coleando. Nada crucial debe pasar en una máquina hecha para guerrear, secuestrar, vacunar y masacrar. Un grupo con las características señaladas no se va a manejar a punta de ‘filosofía’, como suponen algunos idiotas de la política. Como lo ha dicho en una entrevista el General, Manuel Bonett Locarno: “Lo que murió fue el símbolo de la guerrilla, pero en el plano militar, todo seguirá igual”. Piensa el retirado militar que lo político y lo militar en las FARC “están metidos en la misma mochila”. Por eso el excomandante de las Fuerzas Armadas de Colombia cree que no habrá cambios significativos en la conducción del grupo guerrillero.

Y es que eso de seguir creyendo que la guerrilla colombiana responde a cánones de la guerra de guerrillas de antaño, es una grave apreciación. Pensar que existen, en el alto mando de las FARC, dos tendencias (la política y la militar) es pensar más con el deseo. También muchas ganas de hacer protagonismo. En dicha organización el fusil no está bajo el mando de la política ni de la filosofía, sino todo lo contrario. Aunque en efecto se ha golpeado hoy más que nunca a las FARC, la salida del Estado debe seguir siendo la de la paz negociada. Sobre todo cuando se trata de proteger la vida de cientos de secuestrados que están en manos del terrible aparato armado que los martiriza. Hablar de victoria antes de la hora suena a arrebato triunfalista que puede terminar castrando cualquier negociación humanitaria. O de la paz. A propósito: ¿Cuál de las dos tendencias es la que predomina en el Gobierno?

Sería bueno conocer a ciencia cierta, ¿hasta dónde el comandante ‘Marulanda Vélez’ determinaba las decisiones del alto mando de las FARC en los últimos años? Es posible que la muerte del guerrillero afecte al grupo emocionalmente, tanto así que los mismos guerrilleros parecen no creer en que sus jefes se morirán algún día (se demoraron dos meses para reconocer el hecho), pero habrá que esperar a que nos pase el tiempo para ver si en verdad existen otros efectos significativos para terminar con esta guerra que nos atormenta.

Entre otras: ¿Para qué quiere el señor Ministro de la Defensa que se haga autopsia al cadáver del guerrillero? ¡Oh… bendita seas vanidad guerrerista!

Los maestros: Eso de enseñar a pensar…

 

Harta observar a ciertos burócratas del Estado repitiendo edulcoradas frases cada vez que se celebra el día de los maestros. Como si fuese cualquier celebración festiva, expresan toda clase de bazofias para que todo siga siendo igual en la Educación. Pero no se puede reflexionar seriamente sobre el noble papel del maestro, si antes no hemos reflexionado sobre el papel de la Educación. No cabe la menor duda de que los maestros son el gremio más necesario que requiere una sociedad que aspire a ser democrática. La consideración que se tenga del maestro termina siendo un termómetro del grado civilizador de una sociedad. Pero encimarle la inmensa responsabilidad de cumplir con todas las funciones de una sociedad y de corregir todos los vicios de la humanidad, es una cosa muy distinta. Es, tal vez por ese generalizado hiperbolismo, que muchas personas responsabilizan al maestro de todos los horrores existentes en el mundo. Pero también es bien cierto que son muy pocos los que de verdad le reconocen a los maestros con hechos significativos su importante actividad.

El pasado 15 de mayo (día del maestro) tuve la oportunidad de conocer una tarjetita sobre el papel del maestro (una poesía) subscrita por el Alcalde y el Secretario de Educación de Ciénaga. Ante el famélico detalle se me ocurre decir lo siguiente: el sabio Confucio decía que lo que hacemos es la manera de ser de las personas. Tiene mucha lógica decir entonces que lo que uno hace debe ser el resultado de lo que uno piensa. Porque cuando uno hace lo que no está pensando, estamos por desgracia ante una horda de hipócritas. Parece entonces obvio que tendrán, los empleados públicos, que revisar la superficialidad con la que manejan el verdadero rol del gremio de los maestros, sobre todo en una sociedad altamente deteriorada como se devela la nuestra. ¿O fue que lo hicieron por el mero cumplir? Sería en este caso como lo dice J. L. Borges: cosa de un instante, un eco, un éxtasis. Pero además, en lo escrito no aparece por ningún lado la más sublime de las funciones de los maestros: la de enseñar a pensar sobre lo que pensamos. Para no seguir pretendiendo que los maestros son los que deben “edificar” el futuro de los niños y los jóvenes como si fuesen “arquitectos” predestinados por algún dios.

El educar es una labor democrática: Crítica, abierta y controvertible. Sin fanatismos ni dogmatismos. Se educa para aprender a pensar sobre lo que otros piensan o pensaron. Es, por lo tanto, una labor difícil y riesgosa. Lo que deben hacer prioritariamente los maestros es enseñar a pensar a sus alumnos por sí solos, a no tragar entero, a no fiarse ingenuamente en las diferentes fuentes del conocimiento. A reconocer que no existen verdades absolutas ni siquiera dentro de los dogmas religiosos. Enseñar a pensar no es solamente enseñar lo que uno piensa para que el otro piense igual. El pensamiento no es un bien delegable. No es lo mismo procesar información que comprender significados. Un buen maestro no busca “discípulos” sino alumnos que piensen. Los educa para adultizarlos no para infantilizarlos. Repetir como loros por parte de los alumnos lo dicho por el maestro o por otros debe ocasionar una frustración en el corazón del maestro. Enseñamos cosas para que los alumnos les encuentren su propio significado para la vida. Para que actúen transformándola. Debe sentirse satisfecho el maestro que logra enseñar a los jóvenes a reflexionar democráticamente: escuchando, debatiendo y aprendiendo de opiniones y conocimientos que otras personas tienen. Para que sean consecuentes en la vida. La condición de maestro no puede servir para violentar conciencias de los jóvenes. ¿Qué decir entonces sobre las rutinarias imposiciones de conductas, valores, principios religiosos, morales y políticos? Eso es cualquier cosa, menos educar.

Es por eso que creo que cuando se refieren a los maestros con almibaradas adulaciones, se irrespeta su labor y se encubre, de paso, el verdadero papel de la Educación: el de producir hombres y mujeres libres. La educación no consiste solamente en enseñar a pensar, sino en aprender a pensar sobre lo que pensamos. El papel del maestro no se reconoce enviándole bellas tarjetitas, igual que las navideñas, sino exaltándole y protegiéndole los 365 días del año con circunstancias que son recíprocas a su digna y compleja labor.

Encendedora de Hogueras

Lo ocurrido hace unos días en el colegio Leonardo Da Vinci de la ciudad de Manizales es una muestra patética de lo que viene ocurriendo asolapadamente en la educación pública colombiana. Las instituciones educativas no se encuentran en muchos casos en las manos de personas dialogantes, pluralistas, tolerantes, democráticas en el sentido integral de la palabra, sino en manos de una serie de santurrones y detractores de las ciencias, oscurantistas y encendedores de hogueras, reprimidos y represores, homofóbicos y misóginos, imbéciles y estúpidos, etcétera, de igual catadura a la de doña Magola Franco Pérez, la mamarracha y tartufa rectora que persiguió y maltrató a dos jóvenes de 16 y 17 años por declarar y comportar a la luz pública su condición de lesbianismo.

Las personas que regentan las instituciones educativas deben entender que las normas consagradas en los manuales o en el reglamento estudiantil son sólo un medio para obtener un fin: la convivencia. Las normas se tornan fútiles cundo se asocian únicamente con la disciplina obligante del deber. Con el castigar. De esta forma se deslegitima el valor que deben encerrar. Es entonces cuando prima el orden por el orden sin criticidad alguna ante la realidad, es cuando sólo se aprecia la subordinación y el normal sometimiento de los alumnos.

Las instituciones educativas son entidades prestadoras de un servicio público y como tales están reguladas en sus procedimientos académicos y administrativos por las disposiciones de la Constitución y las leyes vigentes. De tal manera que los derechos consagrados en nuestras normas nacionales no pueden vulnerarse por la mitra de unos directivos acompañados soterradamente por algunos docentes. Por el contrario: nuestras instituciones educativas deben estar inspiradas siempre por una concepción democrática de la vida. Admitir, por ejemplo, el pluralismo y la tolerancia sin rasgarse las vestiduras. Ser democrático es respetar la dignidad, la independencia y autonomía de las personas.

Aunque Torquemadas no se dan todos los días, en el mundo de la educación se encuentran abundantes inquisidores e inquisidoras dispuestos a oficiar como perseguidores de brujas y de herejes, que se escandalizan por situaciones que han acompañado a la humanidad desde sus más remotos orígenes, que se esconden en sus dobles o triples morales para juzgar descarnadamente al prójimo en nombre de la paz y la convivencia. Precisamente el inmolado médico y profesor universitario, Héctor Abad Gómez, manifestaba en uno de sus libros que la educación de nuestros niños y jóvenes jamás debe estar en manos de personas fanáticas o intolerantes, porque terminan deformándoles las mentalidades de tal manera que, si no fuera por la ignorancia y las “buenas intenciones” que declaran, sería de calificarse como un acto criminal. Así de sencillo: los fanáticos o intolerantes no deberían intervenir en la educación de ningún país.

Cuando se presentan rasgos de intolerancia o de cualquier tipo de fanatismo debemos admitir que no se dan las condiciones para ejercer de manera cabal la docencia y mucho menos administrar la educación. Somos tolerantes cuando nos abstenemos de importunar, perturbar, molestar o coaccionar a quienes piensan, sienten, opinan o actúan en forma poco común. Tolerar es saber renunciar a la intransigencia para hacer uso de la racionalidad y la comprensión. Ni el Estado ni los particulares podemos impedirle a un hombre o a una mujer que dirija soberanamente su vida, mientras que con ello no viole el derecho ajeno ni infrinja la expresión del consenso general plasmado en las prohibiciones de las leyes. Debemos estar preparados no sólo a tolerar las formas de vida que nos parecen “saludables” o “normales”, sino también a aquellas que nos pueden chocar, incluso, por “aberrantes” que parezcan.El libre desarrollo de la personalidad no es otra cosa que el derecho a la autodeterminación personal. Es seleccionar nuestro propio plan de vida y nuestros ideales de existencia. Los únicos límites que se le pueden imponer son la no vulneración fáctica de los derechos legítimos de los demás y las restricciones señaladas por el orden jurídico existente. Lo demás, es la desquiciada procura de un estado de beatitud como una expresión de gracia. Consumado y perfecto. Como máscara y veneno: Beatitudo summon hominis bonum est, quia est adeptio vel fruitio summi boni.

Neopuritanismo y Norma

Quizá en el Edén la voluble Eva malinterpretó a la perniciosa serpiente. La manzana era tan deliciosa que al saborearla, acompañada por Adán, les terminó quitando las ganas de ser la más sublime obra de Dios. Luego vinieron las terribles consecuencias que todos conocemos. No han bastado los edictos papales, las bulas, los concilios y otras medidas teológicas, ni los moralizantes tratados médicos contra el SIDA, para que ahora se elabore una ley que en vez de instruir para construir valores en torno a la dignidad sexual, lo que se busca son fines aleccionadores: la paga por la peca. Parece preferible en una sociedad democrática la templanza como un valor moral que la negación fácil de la abstinencia.

No estoy tan despistado al afirmar que la represión de la sexualidad, por medio de los dispositivos que puede hacer uso el Estado, se cocina en la matriz ideológica-discursiva de la Edad Media. Lo diferente ahora es que se pretende operar por medio de una “desacralización” de los dispositivos: la institucionalización del hedonismo apretujado por la norma.

San Agustín manifestaba que la sexualidad posee un “fin virtuoso” (la procreación) y un “fin aberrante” (la búsqueda del placer). La represión de la sexualidad se funda precisamente en esta bipolaridad (bueno/malo), con su doble carácter excluyente entre el “goce pagano” y el “deber” puritano, siendo la primacía de lo segundo el cabal acatamiento de la ley divina. La confesión de la violación del “contrato matrimonial” será arrancada por medio de la confesión (la prueba), en tanto que el procedimiento religioso-policiaco será el de extracción de la verdad. Se ingresa así a la mayor interioridad del sujeto (la particularidad del deseo), transformando una verdad privada (implícita) en una verdad pública (explícita). De una verdad no-dicha a una dicha. ¿Desde cuándo el deseo sexual en una sociedad democrática debe ser cuestión de Estado? ¿Por qué razón se ahoga la singularidad (individual) en la universalidad totalitaria de la norma?

Siempre he mirado con recelo cualquier conjunto de normas prescriptivas aplicadas tanto a la regulación de la sexualidad como a los hábitos de la vida cotidiana. Parodiando a Jorge Luis Borges diré que en el momento vertiginoso del coito, el orgasmo, hombres y mujeres somos lo mismo. Nada, pues, de “quitamiedos lingüísticos” para llevarnos a hablar de placeres sencillos, inocentes y honestos. Sócrates muestra las paradojas del deseo de una manera elemental: …quien desea algo es porque carece de ello, y quien no desea nada, es porque no carece de ello… Lo que equivale a decir que quien está sano, de nada le servirá desear estar sano. Aunque lógicamente pueda desear seguir estando sano.

Cabe destacar que en toda la antigüedad clásica, tanto deseo como erotismo, lejos de ser objetos de represión, se recomendaban como sano ejercicio corpo-espiritual al cual los ciudadanos tenían derecho. Fue la religión, en el periodo medieval, quien estableció una visión del cuerpo como lugar-sede del pecado, contrariando al “alma” como principio de las acciones intelectivas superiores del hombre. El sexo fue trastocado en una abominable debilidad de la carne. Era condenación y adulterio, vergüenza e inmundicia, lujuria y concupiscencia. La resolución de esta conflictiva repartición dicotómica (cuerpo/alma) no podía ser otra: la ascesis del cuerpo o la mismísima castidad que ahora se sugiere desde la alcurnia parlamentaria: la exorcización con la pena del cuerpo “diabolizado” por el deseo. Claro que ahora no se trata de la salvación del alma sino, tal vez, de la salvación del matrimonio.

Para la pastoral toda sexualidad extramatrimonial (no vinculada a la reproducción amorosa), es condicionada como una práctica “aberrante”, “impura”, “contra-natura”, etcétera. Solo la institución matrimonial es reconocida como lugar reservado para la “sana práctica sexual”.

Sería bueno saber también con qué dinero pagarán los pobres la pena, porque los ricos seguramente la pagarán gustosamente… incluso por adelantado. La pastoral (político-religiosa) del Estado tendrá pues que desatar un sistema de vigilancia-control esparcido sobre los infractores. Seres de carne y hueso, a quienes auscultarán todos los síntomas y signos de la “dementia sexualis”, una suerte de estado febril delirante producido por la concupiscencia y la lujuria.

La dietética no sólo será un tema saludable de la alimentación sino también una forma saludable de vida en las alcobas. El séptimo y último mandamiento quedará, una vez, más reconocido como monogámico e… indisoluble. Tal vez terminaremos aceptando la vida ejemplar del Divino Morales (España, Siglo XVI), quien era un reconocido pintor que un día decidió recoger un par de piedras para apachurrase los genitales. El hombre abandonó simultáneamente el arte de la pintura y de la sexualidad. Con profundos dolores y una expectorante hemorragia testicular recibía toda clase de elogios eclesiásticos por su ejemplar conducta castradora. La fórmula de Morales resulta más factible que el estar pagando penitencias a pan y agua… o pagando las millonarias sumas de dinero que han sido sugeridas por una lechigada de padres neopuritanos de la patria: novedosos inquisidores que recetan “sabiamente” medidas para velar por la salud pública de los matrimonios, pero que parecen ser tan “efectivas” como cuando se decide vender el consabido sofá.