Blogia
Carlos Payares González

Encendedora de Hogueras

Lo ocurrido hace unos días en el colegio Leonardo Da Vinci de la ciudad de Manizales es una muestra patética de lo que viene ocurriendo asolapadamente en la educación pública colombiana. Las instituciones educativas no se encuentran en muchos casos en las manos de personas dialogantes, pluralistas, tolerantes, democráticas en el sentido integral de la palabra, sino en manos de una serie de santurrones y detractores de las ciencias, oscurantistas y encendedores de hogueras, reprimidos y represores, homofóbicos y misóginos, imbéciles y estúpidos, etcétera, de igual catadura a la de doña Magola Franco Pérez, la mamarracha y tartufa rectora que persiguió y maltrató a dos jóvenes de 16 y 17 años por declarar y comportar a la luz pública su condición de lesbianismo.

Las personas que regentan las instituciones educativas deben entender que las normas consagradas en los manuales o en el reglamento estudiantil son sólo un medio para obtener un fin: la convivencia. Las normas se tornan fútiles cundo se asocian únicamente con la disciplina obligante del deber. Con el castigar. De esta forma se deslegitima el valor que deben encerrar. Es entonces cuando prima el orden por el orden sin criticidad alguna ante la realidad, es cuando sólo se aprecia la subordinación y el normal sometimiento de los alumnos.

Las instituciones educativas son entidades prestadoras de un servicio público y como tales están reguladas en sus procedimientos académicos y administrativos por las disposiciones de la Constitución y las leyes vigentes. De tal manera que los derechos consagrados en nuestras normas nacionales no pueden vulnerarse por la mitra de unos directivos acompañados soterradamente por algunos docentes. Por el contrario: nuestras instituciones educativas deben estar inspiradas siempre por una concepción democrática de la vida. Admitir, por ejemplo, el pluralismo y la tolerancia sin rasgarse las vestiduras. Ser democrático es respetar la dignidad, la independencia y autonomía de las personas.

Aunque Torquemadas no se dan todos los días, en el mundo de la educación se encuentran abundantes inquisidores e inquisidoras dispuestos a oficiar como perseguidores de brujas y de herejes, que se escandalizan por situaciones que han acompañado a la humanidad desde sus más remotos orígenes, que se esconden en sus dobles o triples morales para juzgar descarnadamente al prójimo en nombre de la paz y la convivencia. Precisamente el inmolado médico y profesor universitario, Héctor Abad Gómez, manifestaba en uno de sus libros que la educación de nuestros niños y jóvenes jamás debe estar en manos de personas fanáticas o intolerantes, porque terminan deformándoles las mentalidades de tal manera que, si no fuera por la ignorancia y las “buenas intenciones” que declaran, sería de calificarse como un acto criminal. Así de sencillo: los fanáticos o intolerantes no deberían intervenir en la educación de ningún país.

Cuando se presentan rasgos de intolerancia o de cualquier tipo de fanatismo debemos admitir que no se dan las condiciones para ejercer de manera cabal la docencia y mucho menos administrar la educación. Somos tolerantes cuando nos abstenemos de importunar, perturbar, molestar o coaccionar a quienes piensan, sienten, opinan o actúan en forma poco común. Tolerar es saber renunciar a la intransigencia para hacer uso de la racionalidad y la comprensión. Ni el Estado ni los particulares podemos impedirle a un hombre o a una mujer que dirija soberanamente su vida, mientras que con ello no viole el derecho ajeno ni infrinja la expresión del consenso general plasmado en las prohibiciones de las leyes. Debemos estar preparados no sólo a tolerar las formas de vida que nos parecen “saludables” o “normales”, sino también a aquellas que nos pueden chocar, incluso, por “aberrantes” que parezcan.El libre desarrollo de la personalidad no es otra cosa que el derecho a la autodeterminación personal. Es seleccionar nuestro propio plan de vida y nuestros ideales de existencia. Los únicos límites que se le pueden imponer son la no vulneración fáctica de los derechos legítimos de los demás y las restricciones señaladas por el orden jurídico existente. Lo demás, es la desquiciada procura de un estado de beatitud como una expresión de gracia. Consumado y perfecto. Como máscara y veneno: Beatitudo summon hominis bonum est, quia est adeptio vel fruitio summi boni.

0 comentarios