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Carlos Payares González

Los maestros: Eso de enseñar a pensar…

 

Harta observar a ciertos burócratas del Estado repitiendo edulcoradas frases cada vez que se celebra el día de los maestros. Como si fuese cualquier celebración festiva, expresan toda clase de bazofias para que todo siga siendo igual en la Educación. Pero no se puede reflexionar seriamente sobre el noble papel del maestro, si antes no hemos reflexionado sobre el papel de la Educación. No cabe la menor duda de que los maestros son el gremio más necesario que requiere una sociedad que aspire a ser democrática. La consideración que se tenga del maestro termina siendo un termómetro del grado civilizador de una sociedad. Pero encimarle la inmensa responsabilidad de cumplir con todas las funciones de una sociedad y de corregir todos los vicios de la humanidad, es una cosa muy distinta. Es, tal vez por ese generalizado hiperbolismo, que muchas personas responsabilizan al maestro de todos los horrores existentes en el mundo. Pero también es bien cierto que son muy pocos los que de verdad le reconocen a los maestros con hechos significativos su importante actividad.

El pasado 15 de mayo (día del maestro) tuve la oportunidad de conocer una tarjetita sobre el papel del maestro (una poesía) subscrita por el Alcalde y el Secretario de Educación de Ciénaga. Ante el famélico detalle se me ocurre decir lo siguiente: el sabio Confucio decía que lo que hacemos es la manera de ser de las personas. Tiene mucha lógica decir entonces que lo que uno hace debe ser el resultado de lo que uno piensa. Porque cuando uno hace lo que no está pensando, estamos por desgracia ante una horda de hipócritas. Parece entonces obvio que tendrán, los empleados públicos, que revisar la superficialidad con la que manejan el verdadero rol del gremio de los maestros, sobre todo en una sociedad altamente deteriorada como se devela la nuestra. ¿O fue que lo hicieron por el mero cumplir? Sería en este caso como lo dice J. L. Borges: cosa de un instante, un eco, un éxtasis. Pero además, en lo escrito no aparece por ningún lado la más sublime de las funciones de los maestros: la de enseñar a pensar sobre lo que pensamos. Para no seguir pretendiendo que los maestros son los que deben “edificar” el futuro de los niños y los jóvenes como si fuesen “arquitectos” predestinados por algún dios.

El educar es una labor democrática: Crítica, abierta y controvertible. Sin fanatismos ni dogmatismos. Se educa para aprender a pensar sobre lo que otros piensan o pensaron. Es, por lo tanto, una labor difícil y riesgosa. Lo que deben hacer prioritariamente los maestros es enseñar a pensar a sus alumnos por sí solos, a no tragar entero, a no fiarse ingenuamente en las diferentes fuentes del conocimiento. A reconocer que no existen verdades absolutas ni siquiera dentro de los dogmas religiosos. Enseñar a pensar no es solamente enseñar lo que uno piensa para que el otro piense igual. El pensamiento no es un bien delegable. No es lo mismo procesar información que comprender significados. Un buen maestro no busca “discípulos” sino alumnos que piensen. Los educa para adultizarlos no para infantilizarlos. Repetir como loros por parte de los alumnos lo dicho por el maestro o por otros debe ocasionar una frustración en el corazón del maestro. Enseñamos cosas para que los alumnos les encuentren su propio significado para la vida. Para que actúen transformándola. Debe sentirse satisfecho el maestro que logra enseñar a los jóvenes a reflexionar democráticamente: escuchando, debatiendo y aprendiendo de opiniones y conocimientos que otras personas tienen. Para que sean consecuentes en la vida. La condición de maestro no puede servir para violentar conciencias de los jóvenes. ¿Qué decir entonces sobre las rutinarias imposiciones de conductas, valores, principios religiosos, morales y políticos? Eso es cualquier cosa, menos educar.

Es por eso que creo que cuando se refieren a los maestros con almibaradas adulaciones, se irrespeta su labor y se encubre, de paso, el verdadero papel de la Educación: el de producir hombres y mujeres libres. La educación no consiste solamente en enseñar a pensar, sino en aprender a pensar sobre lo que pensamos. El papel del maestro no se reconoce enviándole bellas tarjetitas, igual que las navideñas, sino exaltándole y protegiéndole los 365 días del año con circunstancias que son recíprocas a su digna y compleja labor.

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