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Carlos Payares González

Las moscas del banano

 

El próximo mes de diciembre se cumplirán 80 años de la huelga y masacre de las bananeras. Será un buen momento para observar hasta donde la memoria colectiva e histórica se han apropiado del trasfondo de los hechos. Porque pareciera que la inapetencia es cada vez más frecuente. Esto me recuerda la obra de Viktor Frankl llamada Psicoanálisis y Existencialismo en la que pone en evidencia la existencia de una cierta neurosis colectiva que afecta para olvidar a la mayor parte de la humanidad. Esta patología social se caracteriza por un escaso sentimiento de identidad que cada vez más se apodera de la gente contemporánea. Es lo que el autor denomina como un vacío existencial para no asumir la historia con reflexión, libertad, responsabilidad y trascendencia. Es cuando hemos caído en una domesticación de la memoria y del pensamiento. Una manera de autismo o disciplinamiento coercitivo como lo supuso Schopenhauer en su momento. Como si en el Macondo bananero no hubiese pasado nada… ni está pasando… ni pasará nunca nada.

De no ser por las caricaturas de Rendón, los cuadros de Débora Arango con vagones de trenes repletos de cadáveres, las denuncias de Gaitán en la Cámara de Representantes, las novelas de Álvaro Cepeda Samudio (La Casa Grande) y de Gabriel García Márquez (Cien Años de Soledad), la azabache y desafiante escultura de don Rodrigo Arenas Betancourt empotrada en la Plaza de la Estación de Ciénaga, los abundantes recuerdos plasmados tanto en páginas de diarios, como de libros y en algunas mentes de los que participaron o vivieron los días azarosos de la huelga y, finalmente, las escasamente notorias conmemoraciones de cada aniversario, todo se hubiese hundido en un manto de olvido como lo desearon los mentores de la masacre con sus corifeos de la publicidad oficial, gratificados por la gran empresa norteamericana. Es decir: masacrar también la crónica de la masacre. Sin embargo, en la Ciénaga de la Plaza del Ferrocarril pareciera que los recuerdos se negaran a subsistir… por eso es obligante fijarlos de una manera pura y simple. Tal cual como fueron. Como lo recomienda M. Halbwachs en su obra intitulada Memoria Colectiva y Memoria Histórica (1968): Cuando la memoria de una serie de hechos ya no tiene como soporte un grupo (ese mismo grupo que estuvo implicado o que sufrió las consecuencias, que asistió o recibió un relato vivo de los primeros actores y espectadores), cuando se dispersa en algunos espíritus individuales, perdidos en sociedades nuevas a las que esos hechos ya no interesan, porque les son decididamente exteriores, entonces el único medio de salvar tales recuerdos es fijarlos por escrito en una narración ordenada y que, si las palabras y los pensamientos mueren, los escritos permanecen.

La memoria colectiva logra extenderse en el tiempo hasta donde ella quiere, es decir, hasta donde alcanza el deseo. La desmemoria o el silencio o la trasgresión deliberada (los acostumbrados “tachones en la historia”) han venido desgastando lo ocurrido en las tierras bananeras del Magdalena. Como si fuesen los hechos históricos víctimas de la misma salmuera incrustada en las paredes de las casas grandes cienagueras para carcomérselas desde adentro y desde afuera y desde siempre. En una ciudad que ha sido víctima de la desmembrante mentira velis nolis. Es entonces cuando la memoria histórica (lo escrito, lo estudiado del documento reseñado e interpretado) juega un gran papel: el de recordarnos los hechos del pasado de la mano generosa y prodigiosa de Polimnia. Para que haya un tiempo presente de las cosas pasadas, de las cosas presentes y de las cosas futuras.

Es bien cierto que ninguna de nuestras acciones puede cambiar el pasado, pero todas pueden tenerlo en cuenta. Para poder ser capaces de recordar a los huelguistas con sus causas, a los fusilados con sus huelgas… de vida y muerte. Para poder redimir la dignidad de un pueblo… y, la de todos los pueblos. Para que cualquier memoria de los hombres vencedores, elaborada desde el poder siempre apoltronado, quede delatada a la luz pública como alucinante mentira, como costra saponificante de la vida real. Bastaría entonces con decir que las imágenes de lo pasado estarán en nuestro espíritu como páginas que pueden abrirse cuando el deseo lo quiera, aún cuando existan obstáculos que no dejen abrirlas.

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