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Carlos Payares González

Neopuritanismo y Norma

Quizá en el Edén la voluble Eva malinterpretó a la perniciosa serpiente. La manzana era tan deliciosa que al saborearla, acompañada por Adán, les terminó quitando las ganas de ser la más sublime obra de Dios. Luego vinieron las terribles consecuencias que todos conocemos. No han bastado los edictos papales, las bulas, los concilios y otras medidas teológicas, ni los moralizantes tratados médicos contra el SIDA, para que ahora se elabore una ley que en vez de instruir para construir valores en torno a la dignidad sexual, lo que se busca son fines aleccionadores: la paga por la peca. Parece preferible en una sociedad democrática la templanza como un valor moral que la negación fácil de la abstinencia.

No estoy tan despistado al afirmar que la represión de la sexualidad, por medio de los dispositivos que puede hacer uso el Estado, se cocina en la matriz ideológica-discursiva de la Edad Media. Lo diferente ahora es que se pretende operar por medio de una “desacralización” de los dispositivos: la institucionalización del hedonismo apretujado por la norma.

San Agustín manifestaba que la sexualidad posee un “fin virtuoso” (la procreación) y un “fin aberrante” (la búsqueda del placer). La represión de la sexualidad se funda precisamente en esta bipolaridad (bueno/malo), con su doble carácter excluyente entre el “goce pagano” y el “deber” puritano, siendo la primacía de lo segundo el cabal acatamiento de la ley divina. La confesión de la violación del “contrato matrimonial” será arrancada por medio de la confesión (la prueba), en tanto que el procedimiento religioso-policiaco será el de extracción de la verdad. Se ingresa así a la mayor interioridad del sujeto (la particularidad del deseo), transformando una verdad privada (implícita) en una verdad pública (explícita). De una verdad no-dicha a una dicha. ¿Desde cuándo el deseo sexual en una sociedad democrática debe ser cuestión de Estado? ¿Por qué razón se ahoga la singularidad (individual) en la universalidad totalitaria de la norma?

Siempre he mirado con recelo cualquier conjunto de normas prescriptivas aplicadas tanto a la regulación de la sexualidad como a los hábitos de la vida cotidiana. Parodiando a Jorge Luis Borges diré que en el momento vertiginoso del coito, el orgasmo, hombres y mujeres somos lo mismo. Nada, pues, de “quitamiedos lingüísticos” para llevarnos a hablar de placeres sencillos, inocentes y honestos. Sócrates muestra las paradojas del deseo de una manera elemental: …quien desea algo es porque carece de ello, y quien no desea nada, es porque no carece de ello… Lo que equivale a decir que quien está sano, de nada le servirá desear estar sano. Aunque lógicamente pueda desear seguir estando sano.

Cabe destacar que en toda la antigüedad clásica, tanto deseo como erotismo, lejos de ser objetos de represión, se recomendaban como sano ejercicio corpo-espiritual al cual los ciudadanos tenían derecho. Fue la religión, en el periodo medieval, quien estableció una visión del cuerpo como lugar-sede del pecado, contrariando al “alma” como principio de las acciones intelectivas superiores del hombre. El sexo fue trastocado en una abominable debilidad de la carne. Era condenación y adulterio, vergüenza e inmundicia, lujuria y concupiscencia. La resolución de esta conflictiva repartición dicotómica (cuerpo/alma) no podía ser otra: la ascesis del cuerpo o la mismísima castidad que ahora se sugiere desde la alcurnia parlamentaria: la exorcización con la pena del cuerpo “diabolizado” por el deseo. Claro que ahora no se trata de la salvación del alma sino, tal vez, de la salvación del matrimonio.

Para la pastoral toda sexualidad extramatrimonial (no vinculada a la reproducción amorosa), es condicionada como una práctica “aberrante”, “impura”, “contra-natura”, etcétera. Solo la institución matrimonial es reconocida como lugar reservado para la “sana práctica sexual”.

Sería bueno saber también con qué dinero pagarán los pobres la pena, porque los ricos seguramente la pagarán gustosamente… incluso por adelantado. La pastoral (político-religiosa) del Estado tendrá pues que desatar un sistema de vigilancia-control esparcido sobre los infractores. Seres de carne y hueso, a quienes auscultarán todos los síntomas y signos de la “dementia sexualis”, una suerte de estado febril delirante producido por la concupiscencia y la lujuria.

La dietética no sólo será un tema saludable de la alimentación sino también una forma saludable de vida en las alcobas. El séptimo y último mandamiento quedará, una vez, más reconocido como monogámico e… indisoluble. Tal vez terminaremos aceptando la vida ejemplar del Divino Morales (España, Siglo XVI), quien era un reconocido pintor que un día decidió recoger un par de piedras para apachurrase los genitales. El hombre abandonó simultáneamente el arte de la pintura y de la sexualidad. Con profundos dolores y una expectorante hemorragia testicular recibía toda clase de elogios eclesiásticos por su ejemplar conducta castradora. La fórmula de Morales resulta más factible que el estar pagando penitencias a pan y agua… o pagando las millonarias sumas de dinero que han sido sugeridas por una lechigada de padres neopuritanos de la patria: novedosos inquisidores que recetan “sabiamente” medidas para velar por la salud pública de los matrimonios, pero que parecen ser tan “efectivas” como cuando se decide vender el consabido sofá.

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