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Carlos Payares González

Genes y Entelequias

Cuando generalizamos alguna propiedad en cualquier colectivo incurrimos en una apreciación dogmática que por regla general no sirve para explicar ninguna circunstancia humana. Es como cuando decimos que todos los políticos son corruptos. Sin excepciones. Que todos los funcionarios públicos son incompetentes. Sin excepciones. Que un país o un Departamento o un Municipio son “tal cosa”… Como si alguien hubiese tenido la oportunidad de saludar a “alguien” llamado Don País o Don Departamento o Don Municipio. Lo que quiero decir es que no existen entes territoriales o cosas con tales características, que en verdad sólo pertenecen a los seres humanos. Habrá que decir entonces quiénes son los que son “tal cosa”, para no caer en eufemismos evasivos que nunca responsabilizan a aquellos actores comprometidos con cosas que no deseamos que ocurran en una sociedad. Me refiero a que en la realidad no existen municipios corruptos, sino personas corruptas.

 

Así también se incurre en generalizaciones tales como las de creer que las cualidades humanas, virtudes y defectos, son cualidades innatas. Entonces se encuentra uno gente repitiendo boberías como la de que “en tal pueblo la gente es inteligente”, o que “en tal otro la gente es trabajadora”. Lo anterior son artificios absolutamente rebatidos por los conocimientos actuales, dado que no hay ninguna relación directa entre los genes y el comportamiento humano. Es nota clara que el comportamiento humano obedece esencialmente a un proceso de aprendizaje cultural, tan complejo y tan circunstancial, que tiene que ver más con el ambiente de un pueblo o de una sociedad, que con la genética. ¿Cuáles son entonces los genes del trabajo, de la decencia y de la honradez? O si se quiere, ¿cuáles son los de la pereza, de la chabacanería y de la corrupción? O para que se me entienda mejor la cosa: ¿cuáles son los genes defectuosos de los marginados y explotados y cuáles son los genes virtuosos de los ricos y explotadores?

De tal manera que aquellos que aún andan diciendo que la inteligencia o la música o cualquier otra pendejada de lo humano “se llevan en la sangre”, sería bueno que vayan leyendo unas elementales nociones de genética y de cultura para que no sigan afirmando prejuicios nefastos y cosas abiertamente obsoletas para ser dichas en pleno Siglo XXI. Desgraciadamente, a ciertos sectores de la sociedad y a ciertas cadenas periodísticas les interesa difundir noticias sobre descubrimientos espectaculares como la existencia de genes del miedo, de la homosexualidad y de la marginalidad. Y es este tipo de información la que está calando en la mente de la gente para terminar disfrazando las verdaderas razones de la suerte humana. Y así, se extiende por pueblos y culturas enteras la condición de lo ‘intrínsicamente’ bueno o malo. Según esta entelequia, todo lo humano lo llevamos pegado a los genes, por lo tanto, son ellos los que tienen que responder por lo que ocurre en nuestro mundo. De esta manera, las diferencias que han sido creadas por razones históricas concretas y acentuadas por ciertos modelos económicos aberrantes, terminan siendo cínicamente ‘naturales’.

Que algunas “personas cultas” repitan estas sandeces arropadas de cientificismo, tiene como significado la grave crisis ética e intelectual por la que transcurrimos. Emerge una cierta pereza mental (¿genética?) que nos impide profundizar y comprender sobre la verdadera naturaleza humana, construida desde el surgimiento del homo habilis. Me refiero al mundo socio-cultural que nos determina. Tal vez así podríamos enfrentar de una manera mucho más coherente los graves problemas que nos atañen.

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