La farándula nacional
Colombia es un país de entusiastas faranduleros y de obcecados creyentes. Por eso aquí es fácil eso de ser politólogo. Otros más sofisticados lo llaman “analista político”. Algo así como un nigromante o “adivinador” de lo que puede pasar, pero que en realidad casi nunca pasa. No se necesita entonces estudiar Economía o Historia o cualquier otra ciencia social para saber olfatear las emociones de los protagonistas de la vida nacional. Porque Colombia es un país auténticamente emocional y profundamente religioso.
Desde todo punto de vista es plausible la liberación de unos secuestrados por medio de la llamada “operación jaque”. Quitar de las garras de las FARC a cualquier secuestrado es y será una obra admirable. Sin embargo, no tanto como comprender que nadie tiene derecho a arrebatarle la libertad a otro ser humano bajo los términos de cualquier clase de capricho o de interés. Desdice de cualquier nación el horrible hecho de que existan secuestradores o criminales martirizando al prójimo en nombre de cualquier causa. Por muy justa que se diga. Menos en el caso de las FARC que han terminado convertidas en las últimas décadas en un aparato patibulario carente de propuesta político-ideológica, y lo más grave, sin pueblo que lo respalde.
En vez de entender cada vez más los colombianos las razones que nos embargan de problemas y necesidades preferimos sacarle el mayor provecho personal a los hechos. Entre más resonantes mucho más importantes. Como lo sugiere la lógica mediática. En vez de entender cada vez más la naturaleza de país y de Estado que queremos, lo que exploramos es cómo sería el voto de opinión para las cercanas elecciones. Antes de y después de… Es muy poco lo que queremos saber de la democracia y de las libertades. Necesitamos un mandatario que nos proteja… que nos ofrezca circo y pan hasta donde las emociones aguanten. Así como ocurre con los entrenadores y los fanáticos del fútbol. Sólo nos halagan los resultados que son engrandecidos por pingues que en la realidad sean… ¿Qué de la pobreza? ¿Qué del desempleo? ¿Qué de la salud?... Tantos ‘qué’ que parecen no interesar a nadie.
¿Qué mas podemos esperar si buena parte de la gente cree en el destino preconcebido por una fuerza divina? Hasta el mismo señor Presidente le ofrece las gracias debidas a un ser superior rezando entre dientes un Ave María. Muchos, en veces, miramos de reojo a los musulmanes cuando suspenden su trajín cotidiano para alabar arrodillados en pleno sol del día a su Alá. Sin embargo, lo que hemos visto durante estos días tiene mucho parecido. ¡Bendito sea mi Dios! En este caso habrá que hablar entonces con el Señor para que acepte la reelección indefinida, el Señor de señores, el que está en la historia omnipresente de muchos modos, aquel al que le debemos el éxito limpio de la “operación jaque”, el de los “milagritos”… A pesar de demorarse en este caso alrededor de diez años para atender los ruegos de sus devotos… el que no quiere ni se somete a ningún otro poder… así esté plasmado en cualquier Constitución, como por ejemplo, el poder de la Corte Suprema de Justicia. Debemos darle mucha más muestra de nuestra fe al Señor Todopoderoso para que logre que se arrepientan los de las FARC y entreguen rapidito al resto de los secuestrados, y de paso, entreguen también los fúsiles, las pistolas, los niños arrastrados a la guerra, las plantaciones que sabemos y las caletas tupidas de “full money” que seguramente aún quedan por ahí. O en su defecto, que les mande una dormidera miasmática para que sean presa fácil de los organismos del Estado colombiano. Quiero dejar clara constancia de que al Señor que me refiero no es el señor Presidente de la República de Colombia. Al doctor Uribe Vélez únicamente debemos creerle cuando dijo en rueda de prensa que “la operación fue un milagro de Dios, realizado por medio del Ejército”. El soberano no tiene la culpa de que un entusiasmado alto militar hubiese expresado que “este operativo contó con la bendición de Dios, pero no sólo de Dios, sino también del Presidente Uribe”. En presencia de Dios no parece sobrar un semidios. En este caso, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Sin embargo, espero que no todos estemos obligados a creerla.
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