¡Que vaina buena!
Juan de Castellanos narró en su Historia del Nuevo Reino de Granada el alborozo de los españoles cuando llegaron al altiplano central: “Tierra buena, tierra que pone fin a nuestra pena, tierra de oro, con grandes indicios de paraíso terrenal”. No obstante, de aquel edén descrito por los bárbaros extranjeros acusamos hoy una realidad bien lamentable. A Colombia muchos la explotan en forma irracional. La contaminan y la depredan. Hordas de violentos alucinados por cualquier causa o por el dinero la destruyen sin piedad y desarraigan de los campos y ciudades a millones de civiles inocentes. Arrasan su riqueza cuando demuelen su infraestructura productiva y pululan el ambiente. ¿Qué decir de la tala de árboles para la siembra de plantas alucinógenas y la absurda política de fumigación con químicos tóxicos para erradicarlas? Terminaremos cansados de tanto hablar de las bellezas de Colombia pero… ¿qué decir de su gente?
Un estudio hecho por la firma ‘Datexco’ en doce grandes ciudades colombianas nos arroja que la mayoría de los colombianos estamos ‘felices’ con lo que tenemos de patria. La ciudad más feliz es Cartagena (como lo leyó: ¡Cartagena con sus inmensas barriadas de pobres y sus gobiernos ultracorruptos!) y la ciudad con menos felicidad es Pasto (no son tan ‘bobos’ los pastusos como se cree). Lo que quiere decir que para los colombianos la felicidad es un ‘don espiritual’ así lo que comamos sea mierda. En este caso estaríamos chiflados. O… ¿será un acto de ‘mamagallismo’ el responder que tenemos suficientes razones para vivir felices en Colombia? Porque eso de que pobres y ricos digan por igual que se sienten felices no puede considerarse sino una locura. Algo inentendible. Incluso en la encuesta los ‘de abajo’ se sintieron más felices que los ‘del medio’ y casi igual que los ‘de arriba’. ¿Estaremos locos de tanto sufrir?... O ¿ya no tenemos ambiciones ante la vida? ¿Cómo hace un pobre en Cartagena para sentirse feliz con la hermosura de las playas cuando al estómago se lo está comiendo el jugo gástrico? ¿Acaso con el solo olor a pesca’o frito se puede comer? ¡Cójame ese trompo en la uña! Por eso es que cualquier colombiano no cambia su villorrio por Paris.
Los científicos sociales saben bien las razones de los procesos de alienación. De esta manera se explica que los esclavos durante mucho tiempo respetaron y protegieron a sus amos. Se les olvidaba de repente los latigazos, las marcas con hierro incandescente y las compra-ventas de sus cuerpos y almas en los bulliciosos mercados negreros. Nuestros indígenas en el periodo de la independencia terminaron apoyando a los colonizadores españoles contra los criollos republicanos. Se les había olvidado la carnicería y las violaciones de que fueron víctimas durante la Conquista y la descarnada explotación de las Encomiendas y los Resguardos durante la Colonia. El mismo servilismo tributario impuesto al campesinado por los monarcas europeos observado durante casi toda la sociedad feudal. Es decir, el mundo está lleno de ejemplos donde al marginal se le impone una ideología sustentadora de su miseria. Se les vende toda clase de opio para entumecerles la mente. Y en esto el capitalismo es, por excelencia, con su eficaz aparato mediático, una sociedad alienante de las mentes desposeídas.
Somos acaso felices por tener una alta tasa de desempleo; unos altos porcentajes de pobreza, un alto estado de desnutrición tanto en niños y adolescentes como en adultos; una alta tasa de analfabetismo rural-urbano; una salud completamente enferma; una manifestación de todo tipo de violencias explayadas por todo lo ancho y largo del país; una corrupción e incompetencia galopante en las instituciones del Estado; un país ‘adornado’ por bandas de paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes; unos deportistas que cuando ganan las escasas medallas olímpicas afloran el agudo estado de pobreza en que viven con sus familiares… en fin, podemos elaborar una lista que sería interminable. ¿Es por todo esto que estamos felices?