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Carlos Payares González

¡Que vaina buena!

Juan de Castellanos narró en su Historia del Nuevo Reino de Granada el alborozo de los españoles cuando llegaron al altiplano central: “Tierra buena, tierra que pone fin a nuestra pena, tierra de oro, con grandes indicios de paraíso terrenal”. No obstante, de aquel edén descrito por los bárbaros extranjeros acusamos hoy una realidad bien lamentable. A Colombia muchos la explotan en forma irracional. La contaminan y la depredan. Hordas de violentos alucinados por cualquier causa o por el dinero la destruyen sin piedad y desarraigan de los campos y ciudades a millones de civiles inocentes. Arrasan su riqueza cuando demuelen su infraestructura productiva y pululan el ambiente. ¿Qué decir de la tala de árboles para la siembra de plantas alucinógenas y la absurda política de fumigación con químicos tóxicos para erradicarlas?  Terminaremos cansados de tanto hablar de las bellezas de Colombia pero… ¿qué decir de su gente?

Un estudio hecho por la firma ‘Datexco’ en doce grandes ciudades colombianas nos arroja que la mayoría de los colombianos estamos ‘felices’ con lo que tenemos de patria. La ciudad más feliz es Cartagena (como lo leyó: ¡Cartagena con sus inmensas barriadas de pobres y sus gobiernos ultracorruptos!) y la ciudad con menos felicidad es Pasto (no son tan ‘bobos’ los pastusos como se cree). Lo que quiere decir que para los colombianos la felicidad es un ‘don espiritual’ así lo que comamos sea mierda. En este caso estaríamos chiflados. O… ¿será un acto de ‘mamagallismo’ el responder que tenemos suficientes razones para vivir felices en Colombia? Porque eso de que pobres y ricos digan por igual que se sienten felices no puede considerarse sino una locura. Algo inentendible.  Incluso en la encuesta los ‘de abajo’ se sintieron más felices que los ‘del medio’ y casi igual que los ‘de arriba’. ¿Estaremos locos de tanto sufrir?... O ¿ya no tenemos ambiciones ante la vida? ¿Cómo hace un pobre en Cartagena para sentirse feliz con la hermosura de las playas cuando al estómago se lo está comiendo el jugo gástrico? ¿Acaso con el solo olor a pesca’o frito se puede comer? ¡Cójame ese trompo en la uña! Por eso es que cualquier colombiano no cambia su villorrio por Paris.

Los científicos sociales saben bien las razones de los procesos de alienación. De esta manera se explica que los esclavos durante mucho tiempo respetaron y protegieron a sus amos. Se les olvidaba de repente los latigazos, las marcas con hierro incandescente y las compra-ventas de sus cuerpos y almas en los bulliciosos mercados negreros. Nuestros indígenas en el periodo de la independencia terminaron apoyando a los colonizadores españoles contra los criollos republicanos. Se les había olvidado la carnicería y las violaciones de que fueron víctimas durante la Conquista y la descarnada explotación de las Encomiendas y los Resguardos durante la Colonia. El mismo servilismo tributario impuesto al campesinado por los monarcas europeos observado durante casi toda la sociedad feudal. Es decir, el mundo está lleno de ejemplos donde al marginal se le impone una ideología sustentadora de su miseria. Se les vende toda clase de opio para entumecerles la mente. Y en esto el capitalismo es, por excelencia, con su eficaz aparato mediático, una sociedad alienante de las mentes desposeídas.

Somos acaso felices por tener una alta tasa de desempleo; unos altos porcentajes de pobreza, un alto estado de desnutrición tanto en niños y adolescentes como en adultos; una alta tasa de analfabetismo rural-urbano; una salud completamente enferma; una manifestación de todo tipo de violencias explayadas por todo lo ancho y largo del país; una corrupción e incompetencia galopante en las instituciones del Estado; un país ‘adornado’ por bandas de paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes; unos deportistas que cuando ganan las escasas medallas olímpicas afloran el agudo estado de pobreza en que viven con sus familiares… en fin, podemos elaborar una lista que sería interminable. ¿Es por todo esto que estamos felices?

Gajes de la etnomanía

Es bien difícil que una sociedad alcance el estatus de democrática si se fundamenta en dispositivos religiosos, lingüísticos, raciales, étnicos o folclóricos. Cuando esto ocurre se abandonan las diversas formas de inclusión social que ponderan la igualdad de derechos y de responsabilidades. Cuando una sociedad persiste en ciertas formas de narcisismo cultural termina atorando las posibilidades que ofrece la universalidad de la cultura humana. Por ejemplo: eso de que “yo solo oigo o canto mi música vernácula”… se constituye en una de las más elocuentes estulticias que con frecuencia escuchamos. Tan “elocuente” como cuando una persona niega premeditadamente la importancia de estudiar o de hablar otra lengua. Tal actitud sería catalogada como una compulsiva etnomanía que sólo aspira a observar las propias “agujas” dentro del “gran pajal” del Universo. Bajo este enfoque, cada grupo tiende a prestar importancia a su origen, historia, heroísmo, sufrimiento y logros.

De una forma absurda se sigue pensando que “la sangre” es la verdadera causa de la herencia total, biológica y social, que nos encadena con la ascendencia y la descendencia. Como si lo de la “sangre” aún desapareciera al mismo ADN. Como si el científico G. Mendel nunca hubiese existido. Además: como si las leyes de la sociedad no determinaran tanto el origen como la evolución de la cultura. Bajo esta consideración cualquier respetable etnicidad termina convertida en una modalidad agresiva y virulenta que desemboca en la xenofobia. De ahí que a esta forma de pensar y de actuar le quepa como anillo al dedo el término de etnomanía.

Sobre este mal entendido sentido de identidad y pertenencia se concede primacía a lo genealógico, a lo lingüístico, a lo religioso o a las ideologías tradicionalistas sobre la igualdad constitucional de derechos. La contrastación se da entre la identidad étnica frente a la igualdad ciudadana. Lo que se busca es el predominio de un pasado compartido por unos cuantos en contra de un pluralismo aunador en el que debemos encontrarnos y colaborar todos. Ayer se mencionaba como clave para explicar lo bueno y lo malo el término raza. Hoy lo de la raza se encuentra desacreditado por los aportes de la Antropología y, además, por los atropellos cometidos en su  nombre. Ahora se prefiere hablar de etnia. En cierto sentido sigue la cosa siendo semejante: la adscripción nativa a un territorio y un grupo cultural como raíz de ciudadanía. Ahora se pretende la conculcación de los derechos individuales en nombre de unos supuestos “derechos colectivos” considerados aún más fundamentales y superiores.

No se trata de discutir el derecho de cada cual a su lengua materna, su religión, sus tradiciones, etc., sino de rechazar como principio que el Estado democrático y pluralista deba fragmentarse de tal modo que responda a una diversidad de etnias concebidas bajo el modelo inmutable de las ideas platónicas. No es lo mismo el derecho a la diversidad (pluralismo democrático), que la diversidad de los derechos. En una sociedad pluralista se respeta la multiplicidad de identidades étnicas, pero también se permite su combinatoria polimorfa, de tal modo que la pertenencia a una genealogía no determina obligatoriamente la adscripción a una sola lengua o a una religión o a una ideología, sino que permite múltiples configuraciones personales que transforman las identidades étnicas tradicionales.

La etnomanía nos pretende imponer un “paquete” identitario completo. A fin de cuentas, sostiene que cada etnia forma un bloque inconsútil que debe ser conservado por encima de los designios de las personas, tratado como incompatible por razones ancestrales con el mestizaje cultural o político, que se da de hecho constantemente en las sociedades abiertas… la ausencia de contrarreferencias culturales sólo satisface metafísicamente a quienes se sienten “ombligo del Universo”, o sea, una manera de etnocentrismo o etnomanía en perfecto matrimonio con la xenofobia cultural (discriminación y hostigamiento ante lo otro). En nuestros genes, nuestras pieles, nuestros gestos, nuestras voces, nuestras palabras, nuestras comidas, nuestros objetos, etc., se encuentra abierta u ocultadamente mucho de lo nuestro y mucho de los otros... muchos aquí y muchos allá. Los otros son también el resultado de una influencia plural. Como lo hemos hecho notar en el caso de España y el posterior sincretismo colombiano. Por eso hablar muchas veces de lo “nuestro” como algo auténtico y exclusivo, es una tarea bien imposible de demostrar.

El reconocer esta realidad no suprime nuestra adscripción a una identidad o pertenencia de cualquier tamaño de patria o de etnia. Por el contrario, nos lleva a unas reflexiones profundas, por cierto, no exentas de desengaños, lágrimas y desgarramientos.

Fútbol y galladas

 

En vez de preguntarnos qué es lo que hay que hacer con los jóvenes cuando se convierten en ‘calaveras’ o ‘casquetes’ o ‘gorzobias’ para la sociedad, deberíamos preguntarnos qué es lo que hay que hacer con una sociedad que lleva a una parte de los ‘sardinos’ a situaciones de violencia extrema y, en algunos casos, a una especie de inmolación. Porque eso de decir que el fútbol es el responsable de la ‘calentura’ que se vive en los estadios es pura ‘caspa’ con ánimo de encubrimiento. Porque eso de pensar que los jóvenes se ‘quiñan’ por el color de una camiseta es buscar la fiebre en las sabanas. Porque eso de creer que el problema es la falta de control y vigilancia de los ‘tombos’ en los estadios es buscar al ahogado río arriba. Es evadir la realidad para seguir pensando que la culpa es de los mismos ‘alzados’ que incurren en la violencia. Como si sufrir fuese un placer que regocija a los ‘amuraos’.

Sólo a muy pocos colombianos se les ha ocurrido decir que factores como la falta de ‘camello’, la falta de educación y la sensación de impotencia, desorientación y frustración tanto a nivel individual como social de los hogares de donde provienen los fanáticos de las llamadas ‘barras’ del fútbol, tienen mucho más peso causal en lo que domingo a domingo venimos observando. De todas maneras, la información mediática tiende a responsabilizar al ‘muñeco’ porque se le atravesó a la ‘chumbimba’ o al cuchillo. O porque esos ‘pelaos’ se mantienen ‘venteados’ de tanto ‘quemar varilla o batata o cemento y chorrear guaro’. Entran bien ‘copetos y chirriaos’ a las tribunas. También a los ‘plátanos’ porque no han sido capaces de ‘raquetear’ el alma de los fanáticos del fútbol para ver si llegarán hasta la agresión o hasta el asesinato. Se prefiere mostrar el drama de los muertos para implorar con bonachones consejos el deseado buen comportamiento en las tribunas y en las calles, aunque todo parece indicar que por esa vía nunca llegará.

Sólo en el momento del ‘agite’ es cuando se permite la voz a una población que pesa muy poco o nada en las decisiones nacionales. Ni siquiera hacen parte de los encuestados, así sea para decir que este gobierno es el más maravilloso del mundo… Son los que viven ‘al piso’ porque no nacieron para semilla. En consecuencia se ‘encienden a chuzo’ en las tribunas o en las calles o en las carreteras porque no saben cómo canalizar sus demandas y la única forma en que sienten su existencia es a través del dolor propio o del dolor ajeno. Los actos criminales, que son el pan de cada día, son manifestaciones de una rebeldía trastocada en delincuencia juvenil. Son el resultado de una desesperación debido al desprecio que sufren como resultado del mundo marginal en que viven.

En Colombia la marginalidad social ha venido creciendo cada año. Se ha constituido en una manera de vida que la gran mayoría de los colombianos no quiere ver. Adolecemos del síndrome del avestruz para deleitarnos con una felicidad virtual ofrecida por los embusteros del establecimiento y procesada por los grandes medios de comunicación social. Es una triste realidad que se acumula como deuda social. No se trata, por lo tanto, de una insensible estadística de delitos, sino de la existencia de una sociedad que genera una cultura que los fomenta.

Aunque incomode decirlo: hay miles de familias en Colombia que producen ‘pelaos’ resentidos que recurren a las múltiples formas de violencia como una manera de catarsis ante una existencia efímera y devaluada por no tener esperanza de un futuro. Si agregamos que buena parte de la justicia aún ‘cojea’, dado que no sanciona a todos por igual, y además, las cárceles terminan convertidas en capacitadas escuelas para el crimen, el cóctel se torna explosivo.

Sería iluso esperar que estos jóvenes, los de las ‘galladas bravas’, produzcan hechos políticos o culturales en vez de ser factores de perturbación y violencia. Lo primero que saben es ‘bravear y empiyamar’. Esperar eso sería el colmo de la estupidez y de la hipocresía. Nadie puede pedirle peras al olmo. Estos jóvenes son paridos por esa mala patria y lo que debemos mirar es cómo cambiar las condiciones en que nacen, crecen y mueren. Admito que no todos son de las barriadas marginales, también los hay ‘duraznos’ de las clases medias y altas. Pero predominan los de la pobreza. Admito también que existen otros que asolapadamente instigan a la violencia como son algunos de los llamados ‘comentaristas de fútbol’ cuando desaguan su verborrea emocional para tratar como ‘maletas’ a jugadores y árbitros. Muchas veces los mismos jugadores resuelven situaciones durante el juego a trompadas, patadas y escupitajos. También ‘pechean’ al árbitro. Al fin y al cabo casi todos provienen de las mismas barriadas de los de las ‘galladas’ del fútbol.

Ante lo dicho, el castigo en ‘villacandao’ y la vigilancia de los ‘panguanos’ siempre serán paliativos que terminan perpetuando la gran deuda social que es la que en realidad actúa como generadora de los diferentes tipos de violencia. A los que viven del negocio del fútbol les importa un comino que los ‘chachos’ terminen ‘cargando tierra en el pecho’, siempre y cuando sean arropados con los trapos coloridos de los equipos. El circo simplemente debe continuar… ¿Qué tan democrática es nuestra democracia?

J. Obdulio & Yudis: de la Soberbia a la Chabacanería

 

Colombia es una maravilla de patria porque puede ocurrir cualquier cosa. Una de ellas es que no hay mucha gente a quien creerle. Casi todo el mundo miente con una facilidad ingénita. Sin importar la posición que se ocupe, a una mentira le sigue otra mentira, muchas veces acompañadas de la soberbia, que desde el punto de vista que se le mire es una payasada. Hemos pasado sin dolor alguno de un país de cafres, como decía Darío Echandía, a uno de chabacanes. El Estado se comporta ante los ciudadanos chabacanamente al permitir que estos no cumplan las leyes, o viceversa, aplicando él mismo sus propias leyes de un modo fraudulento. Engañando al ciudadano con la misma ley. Conducta que puede tacharse como un crimen tan corrosivo como la peor corrupción. Esto constituye una falta de decoro, de respeto a sí mismo, de decencia en el modo de ejercer el poder público, un oficio harto delicado.

Sobran botones para la muestra: Hace apenas unos días decía el adonis asesor del señor Presidente de la República, el doctor J. Obdulio Gaviria, respecto a una carta que lo cuestionaba por lenguaraz firmada por más de 60 congresistas demócratas de los Estados Unidos, que “a quién le de miedo el debate que se retire”. Trató a los gringos como unos tontos que le comen cuento a los terroristas parroquianos y que en cambio, sus imaginativas peroratas seudo-intelectuales “le hacen mucho bien” para aumentar la popularidad del primer mandatario de la Nación. No me interesa develar aquí la concurrente triple moral de los gringos en asuntos de derechos humanos, pero sí la soberbia del chocarrero nacional. En un reportaje publicado en un periódico regional contestó no con el orgullo de patria o de su mismidad, sino con el desprecio por lo que digan los demás, porque el hombre soberbio, cree que domina siempre la situación cuando en realidad es todo lo contrario. Se muestra insolente ante la crítica adversa pero genuflecto ante el poder que lo nutre. Cree que todo lo sabe cuando lo único que podemos tener los humanos son certezas. Mira a todo el mundo por encima del hombro, aunque requiere a toda hora que le estén alabando su vanidad. El hombre que es soberbio siempre encuentra agradables las alabanzas, así el adulón sea cualquier rastrero que se cruce en su camino. No tolera la posibilidad de que deba haber otro por delante o encima de él. Sufre inusitadamente la sensación de que el mundo está haciendo muy poco para reconocerle su superioridad. Sin embargo, el asesor del Presidente, como cualquier soberbio, es de los que cuando pisa una cáscara, sus méritos se espernancan con su humanidad. Aunque ha sabido montar una escenografía de grandeza, no deja de ser un globo que se infla o se desinfla. El drama del soberbio funcionario es sentirse desenmascarado. Puede ser inteligente pero no sabio. Puede ser bastante astuto, quizá, pero siempre dejará tras sus subterfugios cabos sueltos que lo identificarán donde se encuentre.

¿Qué decir ahora del caso Yidis Medina? La advenediza ex congresista siempre fue mirada en su momento con recelo por la opinión pública por la forma como procedió a cambiar su voto durante la aprobación de la reelección presidencial. Acompañada de un tal Teodolindo, con seguridad que la ex madre de la patria pasará a ser parte del “Museo de los Mogollones”, una obra en memoria de aquel otro congresista que canonizó al presidente E. Samper por unas lentejas cuando el tenebroso proceso ocho mil. Ahora, como casi siempre, nadie vio nada. Ni dijo nada. Ni ofreció nada. Para la corte presidencial y sus retumbantes en el Congreso, se trata de una achaparrada orate que, acompañada de un “desestabilizador institucional” (¿más para dónde?) con apellido bien militar, anda revolviendo las translúcidas aguas de la recién iniciada Era uribista. En el nuevo escándalo queda evidente un tufillo de venganza de la ex congresista, también la relación incestuosa entre el Ejecutivo y el Legislativo para cualquier tipo de odiseas clientelistas que socavan la democracia y desacreditan las instituciones. La inagotable chequera de la Casa de Nariño (¡pobre don Antonio Nariño!), con sus elásticos cargos burocráticos (Yidis dice que le ofrecieron tres cargos para sólo cumplirle con uno y, además, le encimaron un consulado de ñapita), siempre ha estado dispuesta para atender los requerimientos que cualquier gobierno de turno necesite, bien sea en el Senado o en la Cámara de Representantes.

Toda esta clase de ofrecimientos y de mentiras es dañina para la mutua confianza que debe existir en una sociedad democrática. El problema no es que el mundo mienta sino que determinadas mentiras queden impunes. Ningún servidor público puede abrocharse el derecho de no decir la verdad ante un tribunal o cuando le habla a la nación o cuando se dirige a un grupo de sus conciudadanos. El pueblo siempre espera la verdad por parte de los funcionarios públicos. Sin embargo, vivimos en un mar, que no diría de falsedad, sino de mentira existencial. La verdad se ha perdido con la palabra. Nunca se miente tanto como cuando se trata de cualquier elección. Igual que en la guerra. Un orden social respetable requiere que la mentira sea severamente sancionada.

Lo último con ribetes de escándalo ha sido la afinada propuesta de quitarle funciones a la Corte Suprema de Justicia, único organismo de Estado que tiene los méritos de defender la institucionalidad colombiana. Se trata de la novedosa propuesta del Ejecutivo para constituir un Tribunal Especial que se encargue de juzgar a los “peces gordos” de la política en el país en vez de la Corte, cuando es muy cierto que la gran Corte está metiendo entre rejas a los que considera culpables. Por donde chucemos nuestra democracia brota el macilento pus. Como decía mi abuelita: ¡Bendito sea mi Dios!

La siniestra memoria oficial

La siniestra memoria oficial

 

Lo ocurrido el 6 de diciembre de 1928 en la Estación de Ciénaga fue uno de los hechos más significativos en la historia de Colombia. El tema aún sigue siendo discutido por diferentes actores según la postura ideológica que se disponga para contemplar los intereses que estuvieron allí en juego. Para desgracia de los trabajadores, los hechos ocurridos durante la huelga y masacre de las bananeras siguen siendo intervenidos por la mano invisible de una historiografía oficial. En el momento de escribir esta columna algunos periódicos nos informan que la Gobernación del Magdalena, acompañada por ciertas alcaldías municipales, organizará los actos conmemorativos de los 80 años de la huelga y masacre de las bananeras. En cambio, se torna nebuloso que los sindicatos y los partidos políticos democráticos y de izquierda guarden ante las circunstancias una lúgubre motivación, similar al mismo silencio que se le viene dando en las instituciones educativas de nuestro aparato escolar. Ni siquiera en aquellos pueblos que fueron escenarios vivientes de la huelga y la masacre se les inculca a los jóvenes el encomiable rasgo de identidad de los mozos del banano al enfrentarse con dignidad a los atropellos cometidos por la United Fruit Company y el Estado Colombiano.

Muchos intereses aún quieren expulsar de la memoria colectiva los funestos hechos acaecidos en la zona bananera. Así mismo, excluir los importantes aportes de un significativo número de historiadores comprometidos con develar los hechos y protagonistas que han sido intencionalmente “tachonados” en cualquier baúl de los olvidos. Siempre ha sido así: primero brota el estupor y el silencio, luego la mordaza y la siniestra crítica saponificante con el propósito de desaparecer o mutar los hechos. Tal como cuando Pedro de Aguado intentó extirpar los nombres de los asesinos de don Rodrigo de Bastidas en su escrito La Relación Historial. Es nota común que detrás de todo acto bárbaro germine un silencio encubridor por parte de aquellos que se saben responsables… ¿Cuántos silencios han sido impuestos y cuántos laureles se han colocado en las frentes equivocadas? ¿Cuántos intentos hacen a diario los cosmetólogos de la historia para maquillar el pasado y el presente para adaptarlo a las necesidades de los grupos dominantes, para hablarnos siempre de las virtudes de los prohombres y de las caras bonitas de las cosas…?

Los hechos son presentados por la historiografía oficial preñados de admiración por la vida de los poderosos. Es cuando se pregona la anticuaria idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Se escuchan loas a la madre España y… a la United Fruit Company. Es cuando los homéricos muertos sepultan a los que estamos vivos. Es cuando todo lo pequeño o decrépito o anticuado recibe del poder una apreciación monumental por el hecho de preservar rancios olores del pasado. Tal vez por eso Nietzsche manifestó que en veces es bueno olvidar para no atormentarnos por los grilletes de un pasado mohoso… un pasado que nos venden los intelectuales burócratas como cualquier baratija de mercado.

Los desposeídos no tienen formalmente un pasado porque su memoria ha sido esterilizada por la retórica oficial y la estolidez de quienes dicen representarlos. Quienes desconocen el pasado seguramente piensan que los próximos diez o veinte o treinta años la vida les será grata. Tal como se lo han prometido los embusteros del establecimiento. Aquí es donde caben los terribles versos de John Dryden: Y de las heces de la vida recibir esperan /And from the dregs of life hope to receive/ Lo que la primera vivaz carrera dar no pudo/What the first springhtly runnig could not give.

Lo cierto es que el pasado y el presente actúan como una misma cosa… el pasado está y estará siempre entre nosotros. Surge, se desvanece, para de nuevo surgir. De no haber sido por los modernos historiadores, muchos hombres y mujeres hubiesen quedado sin saber qué les ocurrió a los humildes trabajadores de la zona bananera. Ni quiénes fueron sus naturales verdugos.

Para qué sirve el poder

 

No es nada fácil cuestionar una de las intenciones manifiestas del Ejecutivo durante el inmediato período parlamentario, dada la popularidad que hoy le ofrecen las encuestas y los poderosos medios de comunicación social. Me refiero a la explayada epidemia de euforia que pretende hacernos pensar que vivimos en el mejor país del mundo, con los mejores gobernantes y burócratas del mundo. Confieso que no me gustó que cuando se ‘coronó’ la ‘operación jaque’ desde Uribe para abajo todos ‘sacaron pecho’, pero cuando los cogieron usando indebidamente el emblema del Comité Internacional de la Cruz Roja el que terminó ‘pagando el pato’ fue uno de los soldados de la patria. Siempre ocurre así: cuando se trata de cobrar los éxitos, los triunfos, los honores, las medallas, los pergaminos, las fotos, las entrevistas, etcétera, todos quieren y todos levantan la mano para decir “¡Yo fui!”; pero cuando se trata de responder por las embarradas que nunca faltan, buscan al más marrano: “¡Él fue!”. El “yo no fui” aflora como verdolaga en playa. En este caso el que terminó pagando los platos rotos fue un soldado que “se asustó” cuando observó “tantos guerrilleros” dentro el monte… ¡Bendito sea mi Dios! ¿Quién va a creer semejante pendejada?

Después del cinematográfico éxito de la mencionada operación militar, ¿de qué sirve discutir sobre el abusivo uso de los distintivos del Comité Internacional de la Cruz Roja? En el momento de escribir esta columna el señor Presidente Bush condecora y agradece por la liberación de los gringos secuestrados al señor Ministro de la Defensa de Colombia en la ciudad de Washington con rumba vallenata a bordo. Después del bombardeo en que falleció el terrorista Reyes, ¿a quién carajos le interesa discutir sobre lo de la soberanía de las naciones…? Que todo sea por la democracia y la lucha contra el terrorismo, dirá casi toda la gente. O al menos aquellos que logran que los encuesten. Sin embargo, la fórmula no deja de ser preocupante por aquello de que es inaceptable que el fin siempre justifica los medios.

Con todos los defectos que le puedan señalar a la Corte Suprema de Justicia, no es nada fácil tapar que gracias a su accionar la delincuencia que estaba disfrazada de política en el Parlamento y altos cargos públicos se le ha venido torciendo el gollete. También tenemos que reconocer en esta empresa antiséptica a algunos medios de comunicación social que difundieron lo que por medio de sus investigaciones lograban conocer. Después la bola de nieve se desparramó: los implicados de paramilitarismo han venido soltado, así sea a cuentagotas, los nombres de algunos protagonistas que les hacían el jueguito. Pero por mucho que haya hecho la gran Corte, todavía el camino está lleno de culebras. Desde todos los flancos los magistrados reciben dardos de sus enemigos ‘naturales’ y de los amigos de sus enemigos.

De ahí que colocar en la agenda parlamentaria la “reforma de la Justicia” en manos de un Parlamento que ha pasado por la peor vergüenza posible en la historia de Colombia como un problema prioritario, no es otra cosa que tranquilizar a aquellos que aún están en la segura lista para visitar el auditorio de la gran Corte. Porque en el fondo lo que se propone es quitarle poder al organismo de justicia para desperdigarlo en aquellos otros sobre los cuales el control político del Ejecutivo es casi absoluto. Para que las acusaciones se dilaten y termine pasando nada.

Manifestó el señor Presidente en su discurso del 20 de julio en el Parlamento colombiano que la “reforma debe evitar la politización de la justicia y la judicialización de la política”. Como dice el humor popular: unas son de cal y otras son de arena. Lo primero es reconocido como un mandamiento de la democracia que no sólo cabe a los jueces sino a todos los funcionarios públicos para evitar el clientelismo y la corrupción. Hasta ahí “todo bien”, aunque sea soñar. Pero, ¿cómo así que no se puede judicializar la política? No puede haber política sin políticos de carnita y huesito. ¿Será que estos señores pueden hacer o deshacer sin que nadie les apriete la clavija? Porque judicializar en este caso significa aplicar los códigos a quien infringe la norma. Que es lo mismo que penalizar al delincuente sin importar al juez el color del cuello de la camisa. Tal vez se le “fueron las luces” a don José Obdulio en semejante “metida de pata”. ¿Cómo revindicar la mancillada política colombiana sin judicializar a los políticos corruptos? Cabe, pues, la norma tanto a los honorables políticos como a los ciudadanos de ruana. Precisamente por eso es que es válido lo de “despolitizar la justicia”: para que se aplique a todos con el mismo rasero. ¡Qué pena señor Presidente!

El día 20: ¡Métele a la marcha!

 

Bajo la euforia de la liberación de algunos secuestrados por la “operación jaque”, realizada por el gobierno por medio del Ejército Nacional, algunos directores de medios de comunicación social propusieron la realización de una marcha el próximo 20 de julio contra el secuestro y por la liberación de aquellos cientos de conciudadanos que se pudren en las junglas de Colombia en manos de las FARC, del ELN y de otros grupos delincuenciales que sacan dividendos del secuestro. La razón es más que suficiente para que los ciudadanos salgamos a las calles a protestar contra uno de los más aterradores crímenes que existen en la historia de la humanidad: el de castrar violentamente la libertad a personas inermes para ser utilizados como piezas de botín político o económico. Mucho peor cuando se recurre al exterminio alucinado de los secuestrados, como ocurrió bajo la peor sangre fría con los inermes diputados del Valle.

Fueron los españoles quienes introdujeron en la Nueva Granada la modalidad del secuestro de caciques para arrebatar el oro y otras prebendas a las comunidades indígenas. A partir de ese momento los derechos humanos se han venido vulnerando en la patria colombiana de mil maneras. Como el espeluznante caso de reclutamiento forzado de niños y de niñas para la guerra. Tenemos entonces razones de sobra para salir todos los días a la calle. Y esta es una buena oportunidad para clamar al unísono por la esquiva paz y la escurridiza justicia jurídica y social. Ojalá que no aparezcan ahora quienes pretendan “secuestrar” la marcha para sus propios y mezquinos intereses. De lo que se trata es de una manifestación de todos los ciudadanos en libertad y no de presuntas encuestas o sondeos de opinión en beneficio de tal o cual institución o politicastro. La marcha del día 20 no es para apoyar a burócratas del Estado o partidos políticos o medios de comunicación, sino para reclamar desde la militancia ciudadana, de una manera colectiva y con la dignidad del caso, que cesen los atropellos al pueblo colombiano cometidos por parte de quienes valiéndose de la fuerza de las armas pretenden subyugarlo o aterrorizarlo.

Lo bueno de marchar en grupo es cuando significa suma de conciencias deliberantes. Cuando no se trata de mero tumulto que sirve para ocultar el miedo o el rechazo, sino cuando se trata de manifestar lo que de verdad sentimos de una manera individual. La marcha no debe ser observada como montonera que tiene un valor en sí misma, sino en la medida en que la gente delimite sus expectativas de vida en una sociedad que nos maltrata. Tiene mucho más valor el saber que en la soledad individual somos también contestatarios ante cualquier perversión o atropello. Lo más posible es que muchos que jamás han propiciado la paz y la justicia se vestirán de inofensivos corderos para encubrirse en la masa de marchantes. Pero dicha promiscuidad no nos debe hacer olvidar lo que en realidad nos interesa: el salvaguardar los derechos humanos como expresión de identidad y pertenencia a la especie humana. Para poder sufrir o gozar en singular. Nada, pues, de mixtura con banderas, uniformes y escudos que ofician del lado del terror y de la muerte. De la mentira y el engaño.

Nada de creer que los verdugos se avergonzarán por sus crímenes de lesa humanidad. Siempre han ofrecido total muestra de no ser carceleros justos sino carceleros patibularios. Tampoco están derrotados como se desprende de la embriaguez sensible que causó la liberación de los quince secuestrados. Esperemos de ellos siempre lo peor: resistencia y reacomodamiento para perpetuar la sepulturera guerra. Por eso la lucha del ciudadano es de todos los días y de todos las horas. Esa es la razón por la cual estaré presente en la marcha del 20 de julio… día del primer grito dado en Bogotá en 1810 contra el mal gobierno colonial, pero también, día en que reinicia labores el descompuesto Congreso de la República de Colombia.

Las tiznas del carbón

 

Tengo que decirlo con absoluta sinceridad: me produjo desconcierto las cándidas declaraciones dadas por el señor Alcalde de Ciénaga, respecto a lo que se ha publicado en diferentes diarios regionales sobre la aprobación de una propuesta del señor Gobernador del Magdalena, consistente en “un puerto y dos ciudades”, relacionada con la exportación de carbón por el Municipio de Ciénaga. Los diarios afirman que tanto Santa Marta como Ciénaga “tendrán participación directa en las regalías de la exportación del carbón”, y que en dicho acuerdo estuvieron presentes los ministros de Medio Ambiente, de Transporte y el Director del Instituto Nacional de Concesiones en representación del Gobierno Nacional. También el Gobernador del Magdalena y el Alcalde de Ciénaga, “quienes vienen impulsando esta solución para el dilema de turismo o carbón para esta zona del Departamento”. Por lo que se lee en los periódicos, todo parece indicar que la propuesta tiene una total acogida. El eufemismo técnico de “un puerto y dos ciudades”, cuando es traducido al lenguaje común y corriente, quiere decir que los cienagueros pondremos nuestro territorio, con los riesgos ambientales del caso, para la construcción de un megapuerto (se le llamará ‘Puerto Nuevo’) y el Distrito de Santa Marta recibirá una parte de las regalías directas por la exportación de carbón por dicho megapuerto. ¿Cuánto? Eso es lo que supongo arreglará en la llamada “mesa de trabajo” sugerida “luminosamente” por el señor Alcalde de Ciénaga.

El rasgo primordial en el carácter de muchos de nuestros gobernantes en Ciénaga ha sido la paciente pusilanimidad ante el atropello y el saqueo. Paciencia que cuando es llevada al extremo de inacción, en lugar de ser una virtud, se convierte en un defecto de todos. Lo que apenas alcanzó a susurrar el señor Alcalde en el oído de un Ministro fue la propuesta de una mesa de trabajo en donde precisamente se encontrará rodeado por quienes están de acuerdo con la propuesta del señor Gobernador. Su “fenomenal” idea, la del señor Alcalde, no es otra cosa que una espera resignada para que las cosas ocurran, para que el tiempo nos pase y terminar aceptando todo. La paciencia del burgomaestre, tipificada en que no ha dicho una sola palabra sobre el meollo del tema, que ya es vox pópuli, fuese operativa cuando la espera nos conduce a un cambio de las circunstancias para mejorar nuestra situación. Sin embargo, nos debe quedar claro que la paciencia que hoy esgrime no sólo depende del tema a tratar, sino también de quienes tengamos en frente. Por eso debe tener en cuenta los designios de sus conciudadanos, la gente que le ofreció la oportunidad de gobernar, que de verdad quiere a su tierra y que son muy superiores a los designios de unos cuantos individuos.

En tratándose de cosas que afecten al pueblo, deben ser enseguida sentidas con mucha claridad por sus gobernantes. Nada de esperas. No hay en este caso espacio para sospechosos apocamientos. Tampoco para comerciar, como ocurrió en el pasado, pedazos de la pequeña patria como si fuesen baratijas de mercado. No es nada difícil entender que lo de “un puerto y dos ciudades” es una nueva manera de colonización como cuando existía la Encomienda de la sal de espuma en el Pueblo de La Ciénaga. En pleno Siglo XXI el antiguo “Pueblo de indios” terminará tributando a los funcionarios de la metrópoli de la gran Gobernación del Magdalena. Advierto que no es nada ético que nuestro burgomaestre lleve a todo un pueblo a triscar en la pradera como ingenuos corderos, mientras los filosofastros hacen su mejor elección.

No queda más camino que ajustarnos a la Constitución y las leyes. Si nos familiarizamos con esta idea, no esperaremos de la vida lo que nos pueda regalar, sino aquello a lo que tenemos derecho. De ninguna manera lo del megapuerto se nos ha presentado como una dádiva de nadie, sino como una obligación que tendremos que cumplir con trabajo y sacrificio para tratar de superar las cifras de la miseria que aún galopan sobre nuestros lomos con su aguijón paralizante.

Es siempre un deber para el burgomaestre el defender y proteger a todo un pueblo que merece su cuidado y respeto. No podemos seguir contemplando la belleza natural, la misma que el sol alumbra todos los días, cuando a la vista tenemos el anodino espectáculo que representan nuestros hombres de gobierno. Aquellos hombres que prefieren mirar a la realidad de reojo, que aman los escondrijos y las puertas falsas… que temen a las definiciones para adentrarse a los caminos tortuosos de los acuerdos. Que entienden de saber callar, de saber olvidar, de saber aguardar, de saber empequeñecerse ante la memoria histórica y de saber doblegarse ante cualquier tipo de resultado, así sea transitoriamente.