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Carlos Payares González

Gajes de la etnomanía

Es bien difícil que una sociedad alcance el estatus de democrática si se fundamenta en dispositivos religiosos, lingüísticos, raciales, étnicos o folclóricos. Cuando esto ocurre se abandonan las diversas formas de inclusión social que ponderan la igualdad de derechos y de responsabilidades. Cuando una sociedad persiste en ciertas formas de narcisismo cultural termina atorando las posibilidades que ofrece la universalidad de la cultura humana. Por ejemplo: eso de que “yo solo oigo o canto mi música vernácula”… se constituye en una de las más elocuentes estulticias que con frecuencia escuchamos. Tan “elocuente” como cuando una persona niega premeditadamente la importancia de estudiar o de hablar otra lengua. Tal actitud sería catalogada como una compulsiva etnomanía que sólo aspira a observar las propias “agujas” dentro del “gran pajal” del Universo. Bajo este enfoque, cada grupo tiende a prestar importancia a su origen, historia, heroísmo, sufrimiento y logros.

De una forma absurda se sigue pensando que “la sangre” es la verdadera causa de la herencia total, biológica y social, que nos encadena con la ascendencia y la descendencia. Como si lo de la “sangre” aún desapareciera al mismo ADN. Como si el científico G. Mendel nunca hubiese existido. Además: como si las leyes de la sociedad no determinaran tanto el origen como la evolución de la cultura. Bajo esta consideración cualquier respetable etnicidad termina convertida en una modalidad agresiva y virulenta que desemboca en la xenofobia. De ahí que a esta forma de pensar y de actuar le quepa como anillo al dedo el término de etnomanía.

Sobre este mal entendido sentido de identidad y pertenencia se concede primacía a lo genealógico, a lo lingüístico, a lo religioso o a las ideologías tradicionalistas sobre la igualdad constitucional de derechos. La contrastación se da entre la identidad étnica frente a la igualdad ciudadana. Lo que se busca es el predominio de un pasado compartido por unos cuantos en contra de un pluralismo aunador en el que debemos encontrarnos y colaborar todos. Ayer se mencionaba como clave para explicar lo bueno y lo malo el término raza. Hoy lo de la raza se encuentra desacreditado por los aportes de la Antropología y, además, por los atropellos cometidos en su  nombre. Ahora se prefiere hablar de etnia. En cierto sentido sigue la cosa siendo semejante: la adscripción nativa a un territorio y un grupo cultural como raíz de ciudadanía. Ahora se pretende la conculcación de los derechos individuales en nombre de unos supuestos “derechos colectivos” considerados aún más fundamentales y superiores.

No se trata de discutir el derecho de cada cual a su lengua materna, su religión, sus tradiciones, etc., sino de rechazar como principio que el Estado democrático y pluralista deba fragmentarse de tal modo que responda a una diversidad de etnias concebidas bajo el modelo inmutable de las ideas platónicas. No es lo mismo el derecho a la diversidad (pluralismo democrático), que la diversidad de los derechos. En una sociedad pluralista se respeta la multiplicidad de identidades étnicas, pero también se permite su combinatoria polimorfa, de tal modo que la pertenencia a una genealogía no determina obligatoriamente la adscripción a una sola lengua o a una religión o a una ideología, sino que permite múltiples configuraciones personales que transforman las identidades étnicas tradicionales.

La etnomanía nos pretende imponer un “paquete” identitario completo. A fin de cuentas, sostiene que cada etnia forma un bloque inconsútil que debe ser conservado por encima de los designios de las personas, tratado como incompatible por razones ancestrales con el mestizaje cultural o político, que se da de hecho constantemente en las sociedades abiertas… la ausencia de contrarreferencias culturales sólo satisface metafísicamente a quienes se sienten “ombligo del Universo”, o sea, una manera de etnocentrismo o etnomanía en perfecto matrimonio con la xenofobia cultural (discriminación y hostigamiento ante lo otro). En nuestros genes, nuestras pieles, nuestros gestos, nuestras voces, nuestras palabras, nuestras comidas, nuestros objetos, etc., se encuentra abierta u ocultadamente mucho de lo nuestro y mucho de los otros... muchos aquí y muchos allá. Los otros son también el resultado de una influencia plural. Como lo hemos hecho notar en el caso de España y el posterior sincretismo colombiano. Por eso hablar muchas veces de lo “nuestro” como algo auténtico y exclusivo, es una tarea bien imposible de demostrar.

El reconocer esta realidad no suprime nuestra adscripción a una identidad o pertenencia de cualquier tamaño de patria o de etnia. Por el contrario, nos lleva a unas reflexiones profundas, por cierto, no exentas de desengaños, lágrimas y desgarramientos.

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