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Carlos Payares González

Las tiznas del carbón

 

Tengo que decirlo con absoluta sinceridad: me produjo desconcierto las cándidas declaraciones dadas por el señor Alcalde de Ciénaga, respecto a lo que se ha publicado en diferentes diarios regionales sobre la aprobación de una propuesta del señor Gobernador del Magdalena, consistente en “un puerto y dos ciudades”, relacionada con la exportación de carbón por el Municipio de Ciénaga. Los diarios afirman que tanto Santa Marta como Ciénaga “tendrán participación directa en las regalías de la exportación del carbón”, y que en dicho acuerdo estuvieron presentes los ministros de Medio Ambiente, de Transporte y el Director del Instituto Nacional de Concesiones en representación del Gobierno Nacional. También el Gobernador del Magdalena y el Alcalde de Ciénaga, “quienes vienen impulsando esta solución para el dilema de turismo o carbón para esta zona del Departamento”. Por lo que se lee en los periódicos, todo parece indicar que la propuesta tiene una total acogida. El eufemismo técnico de “un puerto y dos ciudades”, cuando es traducido al lenguaje común y corriente, quiere decir que los cienagueros pondremos nuestro territorio, con los riesgos ambientales del caso, para la construcción de un megapuerto (se le llamará ‘Puerto Nuevo’) y el Distrito de Santa Marta recibirá una parte de las regalías directas por la exportación de carbón por dicho megapuerto. ¿Cuánto? Eso es lo que supongo arreglará en la llamada “mesa de trabajo” sugerida “luminosamente” por el señor Alcalde de Ciénaga.

El rasgo primordial en el carácter de muchos de nuestros gobernantes en Ciénaga ha sido la paciente pusilanimidad ante el atropello y el saqueo. Paciencia que cuando es llevada al extremo de inacción, en lugar de ser una virtud, se convierte en un defecto de todos. Lo que apenas alcanzó a susurrar el señor Alcalde en el oído de un Ministro fue la propuesta de una mesa de trabajo en donde precisamente se encontrará rodeado por quienes están de acuerdo con la propuesta del señor Gobernador. Su “fenomenal” idea, la del señor Alcalde, no es otra cosa que una espera resignada para que las cosas ocurran, para que el tiempo nos pase y terminar aceptando todo. La paciencia del burgomaestre, tipificada en que no ha dicho una sola palabra sobre el meollo del tema, que ya es vox pópuli, fuese operativa cuando la espera nos conduce a un cambio de las circunstancias para mejorar nuestra situación. Sin embargo, nos debe quedar claro que la paciencia que hoy esgrime no sólo depende del tema a tratar, sino también de quienes tengamos en frente. Por eso debe tener en cuenta los designios de sus conciudadanos, la gente que le ofreció la oportunidad de gobernar, que de verdad quiere a su tierra y que son muy superiores a los designios de unos cuantos individuos.

En tratándose de cosas que afecten al pueblo, deben ser enseguida sentidas con mucha claridad por sus gobernantes. Nada de esperas. No hay en este caso espacio para sospechosos apocamientos. Tampoco para comerciar, como ocurrió en el pasado, pedazos de la pequeña patria como si fuesen baratijas de mercado. No es nada difícil entender que lo de “un puerto y dos ciudades” es una nueva manera de colonización como cuando existía la Encomienda de la sal de espuma en el Pueblo de La Ciénaga. En pleno Siglo XXI el antiguo “Pueblo de indios” terminará tributando a los funcionarios de la metrópoli de la gran Gobernación del Magdalena. Advierto que no es nada ético que nuestro burgomaestre lleve a todo un pueblo a triscar en la pradera como ingenuos corderos, mientras los filosofastros hacen su mejor elección.

No queda más camino que ajustarnos a la Constitución y las leyes. Si nos familiarizamos con esta idea, no esperaremos de la vida lo que nos pueda regalar, sino aquello a lo que tenemos derecho. De ninguna manera lo del megapuerto se nos ha presentado como una dádiva de nadie, sino como una obligación que tendremos que cumplir con trabajo y sacrificio para tratar de superar las cifras de la miseria que aún galopan sobre nuestros lomos con su aguijón paralizante.

Es siempre un deber para el burgomaestre el defender y proteger a todo un pueblo que merece su cuidado y respeto. No podemos seguir contemplando la belleza natural, la misma que el sol alumbra todos los días, cuando a la vista tenemos el anodino espectáculo que representan nuestros hombres de gobierno. Aquellos hombres que prefieren mirar a la realidad de reojo, que aman los escondrijos y las puertas falsas… que temen a las definiciones para adentrarse a los caminos tortuosos de los acuerdos. Que entienden de saber callar, de saber olvidar, de saber aguardar, de saber empequeñecerse ante la memoria histórica y de saber doblegarse ante cualquier tipo de resultado, así sea transitoriamente.

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