J. Obdulio & Yudis: de la Soberbia a la Chabacanería
Colombia es una maravilla de patria porque puede ocurrir cualquier cosa. Una de ellas es que no hay mucha gente a quien creerle. Casi todo el mundo miente con una facilidad ingénita. Sin importar la posición que se ocupe, a una mentira le sigue otra mentira, muchas veces acompañadas de la soberbia, que desde el punto de vista que se le mire es una payasada. Hemos pasado sin dolor alguno de un país de cafres, como decía Darío Echandía, a uno de chabacanes. El Estado se comporta ante los ciudadanos chabacanamente al permitir que estos no cumplan las leyes, o viceversa, aplicando él mismo sus propias leyes de un modo fraudulento. Engañando al ciudadano con la misma ley. Conducta que puede tacharse como un crimen tan corrosivo como la peor corrupción. Esto constituye una falta de decoro, de respeto a sí mismo, de decencia en el modo de ejercer el poder público, un oficio harto delicado.
Sobran botones para la muestra: Hace apenas unos días decía el adonis asesor del señor Presidente de la República, el doctor J. Obdulio Gaviria, respecto a una carta que lo cuestionaba por lenguaraz firmada por más de 60 congresistas demócratas de los Estados Unidos, que “a quién le de miedo el debate que se retire”. Trató a los gringos como unos tontos que le comen cuento a los terroristas parroquianos y que en cambio, sus imaginativas peroratas seudo-intelectuales “le hacen mucho bien” para aumentar la popularidad del primer mandatario de la Nación. No me interesa develar aquí la concurrente triple moral de los gringos en asuntos de derechos humanos, pero sí la soberbia del chocarrero nacional. En un reportaje publicado en un periódico regional contestó no con el orgullo de patria o de su mismidad, sino con el desprecio por lo que digan los demás, porque el hombre soberbio, cree que domina siempre la situación cuando en realidad es todo lo contrario. Se muestra insolente ante la crítica adversa pero genuflecto ante el poder que lo nutre. Cree que todo lo sabe cuando lo único que podemos tener los humanos son certezas. Mira a todo el mundo por encima del hombro, aunque requiere a toda hora que le estén alabando su vanidad. El hombre que es soberbio siempre encuentra agradables las alabanzas, así el adulón sea cualquier rastrero que se cruce en su camino. No tolera la posibilidad de que deba haber otro por delante o encima de él. Sufre inusitadamente la sensación de que el mundo está haciendo muy poco para reconocerle su superioridad. Sin embargo, el asesor del Presidente, como cualquier soberbio, es de los que cuando pisa una cáscara, sus méritos se espernancan con su humanidad. Aunque ha sabido montar una escenografía de grandeza, no deja de ser un globo que se infla o se desinfla. El drama del soberbio funcionario es sentirse desenmascarado. Puede ser inteligente pero no sabio. Puede ser bastante astuto, quizá, pero siempre dejará tras sus subterfugios cabos sueltos que lo identificarán donde se encuentre.
¿Qué decir ahora del caso Yidis Medina? La advenediza ex congresista siempre fue mirada en su momento con recelo por la opinión pública por la forma como procedió a cambiar su voto durante la aprobación de la reelección presidencial. Acompañada de un tal Teodolindo, con seguridad que la ex madre de la patria pasará a ser parte del “Museo de los Mogollones”, una obra en memoria de aquel otro congresista que canonizó al presidente E. Samper por unas lentejas cuando el tenebroso proceso ocho mil. Ahora, como casi siempre, nadie vio nada. Ni dijo nada. Ni ofreció nada. Para la corte presidencial y sus retumbantes en el Congreso, se trata de una achaparrada orate que, acompañada de un “desestabilizador institucional” (¿más para dónde?) con apellido bien militar, anda revolviendo las translúcidas aguas de la recién iniciada Era uribista. En el nuevo escándalo queda evidente un tufillo de venganza de la ex congresista, también la relación incestuosa entre el Ejecutivo y el Legislativo para cualquier tipo de odiseas clientelistas que socavan la democracia y desacreditan las instituciones. La inagotable chequera de la Casa de Nariño (¡pobre don Antonio Nariño!), con sus elásticos cargos burocráticos (Yidis dice que le ofrecieron tres cargos para sólo cumplirle con uno y, además, le encimaron un consulado de ñapita), siempre ha estado dispuesta para atender los requerimientos que cualquier gobierno de turno necesite, bien sea en el Senado o en la Cámara de Representantes.
Toda esta clase de ofrecimientos y de mentiras es dañina para la mutua confianza que debe existir en una sociedad democrática. El problema no es que el mundo mienta sino que determinadas mentiras queden impunes. Ningún servidor público puede abrocharse el derecho de no decir la verdad ante un tribunal o cuando le habla a la nación o cuando se dirige a un grupo de sus conciudadanos. El pueblo siempre espera la verdad por parte de los funcionarios públicos. Sin embargo, vivimos en un mar, que no diría de falsedad, sino de mentira existencial. La verdad se ha perdido con la palabra. Nunca se miente tanto como cuando se trata de cualquier elección. Igual que en la guerra. Un orden social respetable requiere que la mentira sea severamente sancionada.
Lo último con ribetes de escándalo ha sido la afinada propuesta de quitarle funciones a la Corte Suprema de Justicia, único organismo de Estado que tiene los méritos de defender la institucionalidad colombiana. Se trata de la novedosa propuesta del Ejecutivo para constituir un Tribunal Especial que se encargue de juzgar a los “peces gordos” de la política en el país en vez de la Corte, cuando es muy cierto que la gran Corte está metiendo entre rejas a los que considera culpables. Por donde chucemos nuestra democracia brota el macilento pus. Como decía mi abuelita: ¡Bendito sea mi Dios!
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