El día 20: ¡Métele a la marcha!
Bajo la euforia de la liberación de algunos secuestrados por la “operación jaque”, realizada por el gobierno por medio del Ejército Nacional, algunos directores de medios de comunicación social propusieron la realización de una marcha el próximo 20 de julio contra el secuestro y por la liberación de aquellos cientos de conciudadanos que se pudren en las junglas de Colombia en manos de las FARC, del ELN y de otros grupos delincuenciales que sacan dividendos del secuestro. La razón es más que suficiente para que los ciudadanos salgamos a las calles a protestar contra uno de los más aterradores crímenes que existen en la historia de la humanidad: el de castrar violentamente la libertad a personas inermes para ser utilizados como piezas de botín político o económico. Mucho peor cuando se recurre al exterminio alucinado de los secuestrados, como ocurrió bajo la peor sangre fría con los inermes diputados del Valle.
Fueron los españoles quienes introdujeron en la Nueva Granada la modalidad del secuestro de caciques para arrebatar el oro y otras prebendas a las comunidades indígenas. A partir de ese momento los derechos humanos se han venido vulnerando en la patria colombiana de mil maneras. Como el espeluznante caso de reclutamiento forzado de niños y de niñas para la guerra. Tenemos entonces razones de sobra para salir todos los días a la calle. Y esta es una buena oportunidad para clamar al unísono por la esquiva paz y la escurridiza justicia jurídica y social. Ojalá que no aparezcan ahora quienes pretendan “secuestrar” la marcha para sus propios y mezquinos intereses. De lo que se trata es de una manifestación de todos los ciudadanos en libertad y no de presuntas encuestas o sondeos de opinión en beneficio de tal o cual institución o politicastro. La marcha del día 20 no es para apoyar a burócratas del Estado o partidos políticos o medios de comunicación, sino para reclamar desde la militancia ciudadana, de una manera colectiva y con la dignidad del caso, que cesen los atropellos al pueblo colombiano cometidos por parte de quienes valiéndose de la fuerza de las armas pretenden subyugarlo o aterrorizarlo.
Lo bueno de marchar en grupo es cuando significa suma de conciencias deliberantes. Cuando no se trata de mero tumulto que sirve para ocultar el miedo o el rechazo, sino cuando se trata de manifestar lo que de verdad sentimos de una manera individual. La marcha no debe ser observada como montonera que tiene un valor en sí misma, sino en la medida en que la gente delimite sus expectativas de vida en una sociedad que nos maltrata. Tiene mucho más valor el saber que en la soledad individual somos también contestatarios ante cualquier perversión o atropello. Lo más posible es que muchos que jamás han propiciado la paz y la justicia se vestirán de inofensivos corderos para encubrirse en la masa de marchantes. Pero dicha promiscuidad no nos debe hacer olvidar lo que en realidad nos interesa: el salvaguardar los derechos humanos como expresión de identidad y pertenencia a la especie humana. Para poder sufrir o gozar en singular. Nada, pues, de mixtura con banderas, uniformes y escudos que ofician del lado del terror y de la muerte. De la mentira y el engaño.
Nada de creer que los verdugos se avergonzarán por sus crímenes de lesa humanidad. Siempre han ofrecido total muestra de no ser carceleros justos sino carceleros patibularios. Tampoco están derrotados como se desprende de la embriaguez sensible que causó la liberación de los quince secuestrados. Esperemos de ellos siempre lo peor: resistencia y reacomodamiento para perpetuar la sepulturera guerra. Por eso la lucha del ciudadano es de todos los días y de todos las horas. Esa es la razón por la cual estaré presente en la marcha del 20 de julio… día del primer grito dado en Bogotá en 1810 contra el mal gobierno colonial, pero también, día en que reinicia labores el descompuesto Congreso de la República de Colombia.
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