Para qué sirve el poder
No es nada fácil cuestionar una de las intenciones manifiestas del Ejecutivo durante el inmediato período parlamentario, dada la popularidad que hoy le ofrecen las encuestas y los poderosos medios de comunicación social. Me refiero a la explayada epidemia de euforia que pretende hacernos pensar que vivimos en el mejor país del mundo, con los mejores gobernantes y burócratas del mundo. Confieso que no me gustó que cuando se ‘coronó’ la ‘operación jaque’ desde Uribe para abajo todos ‘sacaron pecho’, pero cuando los cogieron usando indebidamente el emblema del Comité Internacional de la Cruz Roja el que terminó ‘pagando el pato’ fue uno de los soldados de la patria. Siempre ocurre así: cuando se trata de cobrar los éxitos, los triunfos, los honores, las medallas, los pergaminos, las fotos, las entrevistas, etcétera, todos quieren y todos levantan la mano para decir “¡Yo fui!”; pero cuando se trata de responder por las embarradas que nunca faltan, buscan al más marrano: “¡Él fue!”. El “yo no fui” aflora como verdolaga en playa. En este caso el que terminó pagando los platos rotos fue un soldado que “se asustó” cuando observó “tantos guerrilleros” dentro el monte… ¡Bendito sea mi Dios! ¿Quién va a creer semejante pendejada?
Después del cinematográfico éxito de la mencionada operación militar, ¿de qué sirve discutir sobre el abusivo uso de los distintivos del Comité Internacional de la Cruz Roja? En el momento de escribir esta columna el señor Presidente Bush condecora y agradece por la liberación de los gringos secuestrados al señor Ministro de la Defensa de Colombia en la ciudad de Washington con rumba vallenata a bordo. Después del bombardeo en que falleció el terrorista Reyes, ¿a quién carajos le interesa discutir sobre lo de la soberanía de las naciones…? Que todo sea por la democracia y la lucha contra el terrorismo, dirá casi toda la gente. O al menos aquellos que logran que los encuesten. Sin embargo, la fórmula no deja de ser preocupante por aquello de que es inaceptable que el fin siempre justifica los medios.
Con todos los defectos que le puedan señalar a la Corte Suprema de Justicia, no es nada fácil tapar que gracias a su accionar la delincuencia que estaba disfrazada de política en el Parlamento y altos cargos públicos se le ha venido torciendo el gollete. También tenemos que reconocer en esta empresa antiséptica a algunos medios de comunicación social que difundieron lo que por medio de sus investigaciones lograban conocer. Después la bola de nieve se desparramó: los implicados de paramilitarismo han venido soltado, así sea a cuentagotas, los nombres de algunos protagonistas que les hacían el jueguito. Pero por mucho que haya hecho la gran Corte, todavía el camino está lleno de culebras. Desde todos los flancos los magistrados reciben dardos de sus enemigos ‘naturales’ y de los amigos de sus enemigos.
De ahí que colocar en la agenda parlamentaria la “reforma de la Justicia” en manos de un Parlamento que ha pasado por la peor vergüenza posible en la historia de Colombia como un problema prioritario, no es otra cosa que tranquilizar a aquellos que aún están en la segura lista para visitar el auditorio de la gran Corte. Porque en el fondo lo que se propone es quitarle poder al organismo de justicia para desperdigarlo en aquellos otros sobre los cuales el control político del Ejecutivo es casi absoluto. Para que las acusaciones se dilaten y termine pasando nada.
Manifestó el señor Presidente en su discurso del 20 de julio en el Parlamento colombiano que la “reforma debe evitar la politización de la justicia y la judicialización de la política”. Como dice el humor popular: unas son de cal y otras son de arena. Lo primero es reconocido como un mandamiento de la democracia que no sólo cabe a los jueces sino a todos los funcionarios públicos para evitar el clientelismo y la corrupción. Hasta ahí “todo bien”, aunque sea soñar. Pero, ¿cómo así que no se puede judicializar la política? No puede haber política sin políticos de carnita y huesito. ¿Será que estos señores pueden hacer o deshacer sin que nadie les apriete la clavija? Porque judicializar en este caso significa aplicar los códigos a quien infringe la norma. Que es lo mismo que penalizar al delincuente sin importar al juez el color del cuello de la camisa. Tal vez se le “fueron las luces” a don José Obdulio en semejante “metida de pata”. ¿Cómo revindicar la mancillada política colombiana sin judicializar a los políticos corruptos? Cabe, pues, la norma tanto a los honorables políticos como a los ciudadanos de ruana. Precisamente por eso es que es válido lo de “despolitizar la justicia”: para que se aplique a todos con el mismo rasero. ¡Qué pena señor Presidente!
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