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Carlos Payares González

Fútbol y galladas

 

En vez de preguntarnos qué es lo que hay que hacer con los jóvenes cuando se convierten en ‘calaveras’ o ‘casquetes’ o ‘gorzobias’ para la sociedad, deberíamos preguntarnos qué es lo que hay que hacer con una sociedad que lleva a una parte de los ‘sardinos’ a situaciones de violencia extrema y, en algunos casos, a una especie de inmolación. Porque eso de decir que el fútbol es el responsable de la ‘calentura’ que se vive en los estadios es pura ‘caspa’ con ánimo de encubrimiento. Porque eso de pensar que los jóvenes se ‘quiñan’ por el color de una camiseta es buscar la fiebre en las sabanas. Porque eso de creer que el problema es la falta de control y vigilancia de los ‘tombos’ en los estadios es buscar al ahogado río arriba. Es evadir la realidad para seguir pensando que la culpa es de los mismos ‘alzados’ que incurren en la violencia. Como si sufrir fuese un placer que regocija a los ‘amuraos’.

Sólo a muy pocos colombianos se les ha ocurrido decir que factores como la falta de ‘camello’, la falta de educación y la sensación de impotencia, desorientación y frustración tanto a nivel individual como social de los hogares de donde provienen los fanáticos de las llamadas ‘barras’ del fútbol, tienen mucho más peso causal en lo que domingo a domingo venimos observando. De todas maneras, la información mediática tiende a responsabilizar al ‘muñeco’ porque se le atravesó a la ‘chumbimba’ o al cuchillo. O porque esos ‘pelaos’ se mantienen ‘venteados’ de tanto ‘quemar varilla o batata o cemento y chorrear guaro’. Entran bien ‘copetos y chirriaos’ a las tribunas. También a los ‘plátanos’ porque no han sido capaces de ‘raquetear’ el alma de los fanáticos del fútbol para ver si llegarán hasta la agresión o hasta el asesinato. Se prefiere mostrar el drama de los muertos para implorar con bonachones consejos el deseado buen comportamiento en las tribunas y en las calles, aunque todo parece indicar que por esa vía nunca llegará.

Sólo en el momento del ‘agite’ es cuando se permite la voz a una población que pesa muy poco o nada en las decisiones nacionales. Ni siquiera hacen parte de los encuestados, así sea para decir que este gobierno es el más maravilloso del mundo… Son los que viven ‘al piso’ porque no nacieron para semilla. En consecuencia se ‘encienden a chuzo’ en las tribunas o en las calles o en las carreteras porque no saben cómo canalizar sus demandas y la única forma en que sienten su existencia es a través del dolor propio o del dolor ajeno. Los actos criminales, que son el pan de cada día, son manifestaciones de una rebeldía trastocada en delincuencia juvenil. Son el resultado de una desesperación debido al desprecio que sufren como resultado del mundo marginal en que viven.

En Colombia la marginalidad social ha venido creciendo cada año. Se ha constituido en una manera de vida que la gran mayoría de los colombianos no quiere ver. Adolecemos del síndrome del avestruz para deleitarnos con una felicidad virtual ofrecida por los embusteros del establecimiento y procesada por los grandes medios de comunicación social. Es una triste realidad que se acumula como deuda social. No se trata, por lo tanto, de una insensible estadística de delitos, sino de la existencia de una sociedad que genera una cultura que los fomenta.

Aunque incomode decirlo: hay miles de familias en Colombia que producen ‘pelaos’ resentidos que recurren a las múltiples formas de violencia como una manera de catarsis ante una existencia efímera y devaluada por no tener esperanza de un futuro. Si agregamos que buena parte de la justicia aún ‘cojea’, dado que no sanciona a todos por igual, y además, las cárceles terminan convertidas en capacitadas escuelas para el crimen, el cóctel se torna explosivo.

Sería iluso esperar que estos jóvenes, los de las ‘galladas bravas’, produzcan hechos políticos o culturales en vez de ser factores de perturbación y violencia. Lo primero que saben es ‘bravear y empiyamar’. Esperar eso sería el colmo de la estupidez y de la hipocresía. Nadie puede pedirle peras al olmo. Estos jóvenes son paridos por esa mala patria y lo que debemos mirar es cómo cambiar las condiciones en que nacen, crecen y mueren. Admito que no todos son de las barriadas marginales, también los hay ‘duraznos’ de las clases medias y altas. Pero predominan los de la pobreza. Admito también que existen otros que asolapadamente instigan a la violencia como son algunos de los llamados ‘comentaristas de fútbol’ cuando desaguan su verborrea emocional para tratar como ‘maletas’ a jugadores y árbitros. Muchas veces los mismos jugadores resuelven situaciones durante el juego a trompadas, patadas y escupitajos. También ‘pechean’ al árbitro. Al fin y al cabo casi todos provienen de las mismas barriadas de los de las ‘galladas’ del fútbol.

Ante lo dicho, el castigo en ‘villacandao’ y la vigilancia de los ‘panguanos’ siempre serán paliativos que terminan perpetuando la gran deuda social que es la que en realidad actúa como generadora de los diferentes tipos de violencia. A los que viven del negocio del fútbol les importa un comino que los ‘chachos’ terminen ‘cargando tierra en el pecho’, siempre y cuando sean arropados con los trapos coloridos de los equipos. El circo simplemente debe continuar… ¿Qué tan democrática es nuestra democracia?

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