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Carlos Payares González

El mutismo reverente

El pasado Consejo Comunitario en Ciénaga se convirtió en un buscapiés para el gobierno municipal de Ciénaga. Después de varios e inexplicables aplazamientos y de esperar la comunidad durante más de un año salimos con un “chorrito” de propuestas y un mar de silencio. Muchos temas fueron enmudecidos y otros tratados a última hora. Sólo en ciertos momentos se asumió el rol deseado por los funcionarios y los asistentes. En contraste, el señor Gobernador del Departamento del Magdalena y algunos funcionarios de otros municipios se sirvieron a boca llena ante el impertérrito mutismo deslumbrante de buena parte de los funcionarios cienagueros. Hubo más declaraciones de amor sensiblero por la pequeña patria que proyectos presentados. Faltó agudeza y energía. Fuimos escasamente propositivos como acostumbra decir el Secretario de Educación municipal. Una peripatética realidad que al no poder taparse con los dedos de la mano, ha ocasionado que algunos ciudadanos libremente se hayan declarado descontentos y preocupados por lo acontecido. ¿Novatada?

Lo que sí debemos tener claro es que el Consejo Comunitario no influye para nada en lo que ocurre y hasta ocurrirá en Ciénaga. Es todo lo contrario: fue por lo que ha venido ocurriendo en Ciénaga, lo que ha ocasionado la venida del señor Presidente y de altos funcionarios del gobierno nacional. Debemos tener muy claro que tanto nuestros problemas como nuestras verdaderas soluciones tienen raíces aquí mismo: en el suelo de la sal de espuma. No debemos profesar la creencia de que nuestras crisis las resuelven los sempiternos salvadores que a la larga, terminan salvando nada. Recordemos que para que un pueblo sea perfectamente justo y feliz, nosotros (la gente), somos los que debemos cambiar y participar. Si queremos cambiar la vida de un pueblo que ha sido víctima de la mentira debemos ir más allá de las palabras bonitas. De los golpes de pecho. De los pomposos corazones con flores carmesí. Porque como dice el lapidario refrán: ‘sólo de buenas intensiones está empedrado el camino al Infierno’. No hay nada más fácil que “amar” a un municipio, a un departamento, a un país, en abstracto, sin la gente de carne y hueso, sobre todo, cuando queremos ponernos sublimes para quedar bien con todo el mundo y ganarnos sus aplausos. Después de todo, nadie ha visto a algo llamado “Doña Ciénaga” por alguna parte, tan cierto que no es posible que aparezca algún día para hacernos algún tipo de reclamaciones. Esta forma de mirar termina siendo uno de los síntomas clásicos del estilo de irresponsabilidad burocrática, aquel que nunca admite ni dimite, pase lo que pase. Que considera que no tiene que responder por nada porque son los del gobierno los que deben resolverlo todo.

Como si no entendiéramos el impacto que seguramente nos ocasionará el mega-puerto en las playas cienagueras, el señor Alcalde se quedó del todo mudo. Expectante. No tuvo tiempo de asesorarse para defender las regalías directas que corresponden por letra de la leyes a Ciénaga, permitiendo que hasta el mismo señor Presidente presentara el proyecto como si fuese una compasiva dádiva del actual gobierno del Distrito de Santa Marta.

La que terminó pagando los platos rotos fue la coordinadora del Centro Zonal del Bienestar Familiar en Ciénaga. Sin un debido proceso fue señalada por los funcionarios municipales y algunos miembros de la comunidad del incumplimiento en la entrega de la cantidad de desayunos escolares asignados a los niños escolares, y a la vez, rotundamente destituida como si estuviésemos bajo la más excelsa monarquía. En cambio, la flamante Directora Nacional de la misma institución parece que no la puede tocar nadie, aunque en varios programas televisivos le han sacado públicamente varios embrollos. Como el caso aquel de una funcionaria en Bogotá que cobraba platica a las personas por adelantar los procesos administrativos para la adoptación de niños.

El folclorismo corroe tanto como la corrupción. Creemos que todo se resuelve en la forma y no en el contenido. Con el lamento, con el corazón y el amor a flor de piel por Ciénaga. El Consejo Comunitario no debió asumirse como un muro de lamentaciones. Pudimos sacarle un mayor provecho. Sin embrago, se observó una ausencia de verdaderos asesores a cambio de los sempiternos lambiscones que nunca faltan. Porque es bien cierto que el burgomaestre no tiene porqué saberlo todo o hacerlo todo, dado que para eso existen otros funcionarios declarados como personas honestas y eficientes. Porque un Consejo Comunitario no es un bingo donde nos apuntamos para ganarnos una máquina que nos de masajes en la barriga para no tener que hacer flexiones con nuestro propio esfuerzo.

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